martes, 16 de septiembre de 2014

Los que empezamos en negativo.


Los diarios generalistas españoles se han llenado estos días de loas a Emilio Botín e Isidoro Álvarez tras la muerte de ambos. Dejando de lado otras valoraciones no menos cuestionables que se hicieron de ellos (patriotas, solidarios, genios de la estrategia empresarial, etc.) y que también despertaron en muchos otros lectores la misma sensación de rabia e indignación que provocaron en mí, detengámonos primero en la perplejidad que provoca ver que los distintos medios no paren de describir a los dos empresarios fallecidos como hombres-hechos-a-sí-mismos.

Ya con la muerte del primero me resultó sorprendente que se dijera que había empezado desde cero, puesto que la actividad a la que dedicó su vida fue a la banca y era bisnieto, nieto, hijo y sobrino de banqueros. Este dato, que tampoco se ocultaba en ningún artículo (de hecho, se repetía en todos como si de una oración mortuoria se tratase), creo que resulta bastante incompatible con lo de empezar de cero. Quiero decir, si habiendo sido bisnieto, nieto, hijo y sobrino de banquero hubiera montado un imperio de fontanería, pues igual podría compartir lo del comienzo desde la nada, perola verdad es que no lo veo.

Cuatro días después, con la muerte de Isidoro Álvarez, también pude leer numerosos artículos en los que se nos explicaba cómo había empezado desde abajo en El Corte Inglés. Dos líneas después, se nos explicaba que era el sobrino del dueño y fundador de la empresa y que fue nombrado consejero con tan solo veinticuatro años. Imagino que a la hora de dar el puesto se estuvo dudando hasta el último momento entre él y otros candidatos que no compartían parentesco.

Bien, pues como decía, después de indignarme un ratito, ya con la cabeza fría, pensé que el cero en realidad es una cantidad muy subjetiva, que la nada está sujeta a matices. Ejemplo de ello es las diferentes realidades que simboliza el cero según se utilice en la escala Celsius de temperatura o en la Kelvin. Si en la primera el cero se corresponde con el punto de congelación del agua, en la segunda el cero representa el ceroabsoluto, la temperatura teórica más baja posible, a partir de la cual las partículas de un cuerpo carecen de cualquier movimiento. El cero en la escala Kelvin equivale a -273’15 grados centígrados.

Como digo, las escalas responden a diferentes lógicas internas y todas pueden ser igualmente válidas. Eso sí, si aceptamos que Botín e Isidoro Álvarez empezaron desde cero (que, oye, ¿por qué no?), habrá que buscar una nueva expresión para referirnos al lugar desde el que empezamos tantos otros; habremos de convenir que los demás empezamos en negativo.

De hecho, ahora que lo pienso, me parece una manera mucho más acertada de expresarlo, porque mientras ellos y otros de su línea empezaron en las cómodas temperaturas de la escala Celsius, el resto nos movemos en la gelidez de la otra escala, arrastrando los carámbanos de las cuentas en negativo, cada vez más próximos al cero absoluto. Un concepto que a ellos, por remoto, les resulta tan incomprensible como pudiera parecérselo a un estudiante que se ofusca con la física.

martes, 9 de septiembre de 2014

Bojan Krkic, los grupos emergentes y las fases de crecimiento.


Los futboleros le recordarán, pero incluso entre ellos habrá quien le haya perdido la pista; los no aficionados, sin embargo, es muy posible que no sepan de quién estoy hablando, a pesar de que durante un par de años fue la próxima gran estrella del fútbol español.

Bojan Krkic debutó en Primera División en septiembre de 2007, con diecisiete años recién cumplidos, en el Barcelona crepuscular de Ronaldinho, Deco y Eto’o. Con el equipo entrenado por Rijkaard en plena descomposición, su buen desempeño en sus primeros partidos fue uno de los pocos estímulos ilusionantes que la afición azulgrana recibió en toda la temporada. La euforia fue tal que apenas se habló de él como una sólida promesa de buen jugador, sino que enseguida fue elevado a la máxima categoría de las futuras estrellas mundiales, circunstancia a la que sin duda contribuyó también el pesimismo reinante ante la selección española dirigida por Luis Aragonés, que venía de ser eliminada en octavos en el Mundial de 2006, a la que se había dejado de llamar a Raúl y que no estaba haciendo una fase de clasificación especialmente brillante para la siguiente Eurocopa. Siempre falto de gol, el equipo al que pronto se empezaría a llamar La Roja (o, más bien, sus aficionados) parecía haber encontrado en Bojan a un delantero de unidad nacional que nos guiaría hacia el éxito, o nos ilusionaría por encima de nuestras posibilidades una vez más.

El caso es que, contra todo pronóstico, se acabó ganando la Eurocopa de 2008, a la que Bojan había renunciado a ir a pesar de ser convocado, con un fútbol brillante del que los centrocampistas eran la máxima expresión y los máximos responsables (ergo, los delanteros pasaron a estar un poco out; algo así como “ser delantero es tan 2005…”).
Los motivos de la renuncia de Bojan nunca quedaron del todo claros. Es posible que un chico tan joven realmente necesitase un par de meses de relax para digerir todo lo que le había pasado. También es posible que el chaval fuese un poco crecidito y no quisiera quemarse siendo partícipe de un grupo al que todo el mundo auguraba una hostia monumental. Lo que sí que tengo claro es que poner a alguien tan joven en la posición de tomar una decisión que marcaría para siempre su futuro profesional puede ser demasiado y que quizás no debiera estar permitido convocar a un menor de edad para una competición de tan alto nivel y tan mediatizada.

Ya bajo las órdenes de Guardiola, Bojan jugó tres temporadas más en el Barcelona en las que, a pesar de tener unos cuantos meses buenos en la primera, su estrella se fue apagando poco a poco. Empezó entonces su peregrinaje por varios equipos europeos, en ninguno de los cuales se llegó a asentar, quedando cada vez más claro que aquella promesa de gran futbolista nunca se haría realidad.


Una vez hecha esta introducción destinada a explicar quién es Bojan a aquellos que no lo supieran (y que posiblemente solo haya interesado a quienes ya lo conocían), diré que con frecuencia me acuerdo del ya no tan joven delantero cuando veo el hype que se genera en torno a algún grupo emergente, no porque espere que sus carreras se acaben desinflando como le pasó a la del futbolista, sino porque me hace pensar en los riesgos que conlleva generar unas expectativas desmesuradas.

Que te hagan pensar que eres mejor de lo que eres resulta dañino en todas las etapas de la vida, pero puede serlo mucho más cuando se produce en etapas formativas. En el pop (entendido como fenómeno de música popular juvenil, no como género) conviven como en pocas disciplinas la inseguridad y la arrogancia tan propias de la postadolescencia. De hecho, parte fundamental de su encanto reside en la combinación de ambos ingredientes, que si en el caso de un futbolista ha de ser lo suficientemente equilibrada como para no convertirlo en un cretino, en el caso de los grupos, ahora que incluso los más exitosos están lejos de ser celebridades, habrá de serlo para evitar, cuando menos, que las canciones resultantes sean peores de lo que pudieran haber sido.

A la hora de formar un grupo, de empezar a hacer música, no hay nada más difícil que encontrar tu propia voz. Sucede igual a la hora de afrontar cualquier otra labor creativa, puesto que todas desembocan, a mi juicio, en dos preguntas fundamentales: ¿quién soy?, y ¿cómo lo expreso a través de la pintura, la escritura, la cocina…?

A los Rusos nos llevó años, no ya encontrar nuestra propia voz (tarea que debe ser constante), sino delimitar siquiera los terrenos en los que la buscaríamos. Durante ese tiempo transitamos por todas las etapas por las que pasa un grupo que intenta encontrar su sitio: las letras oscuro-tremendistas, los plagios indisimulados (aún menos disimulados que los que podamos hacer hoy), el creernos a la última por imitar una tendencia llegada desde EE UU hace dos años, las versiones de Joy Division, el ukelele… Tocábamos y tocábamos, solo venían a vernos los mismos de siempre (cuando los mismos de siempre éramos menos que ahora) y recibíamos menos atención de la que creíamos merecer.

Mis pantalones rojos dejan claro cómo de confusos pueden ser los primeros pasos de un grupo.

Es posible que los demás grupos de nuestra generación con los que tocamos por aquella época (Cosmen Adelaida, Ingeniero Alemanes, Hazte Lapón, Solletico…) la recuerden de manera similar, con la sensación muy presente de que no estábamos teniendo la repercusión debida. Entonces no existían ni la mitad de blogs dedicados al pop underground que pueden existir ahora, ni tantas iniciativas activas a la hora de montar conciertos (cuando todos esos grupos empezamos ni siquiera existía La Fonoteca). Y, sin embargo, a día de hoy creo que el que no se hablase de nosotros tan pronto nos benefició a todos esos grupos.

Nada más lejos de mi intención que mis palabras sean un reproche para aquellos grupos que cosechan elogios al poco tiempo de aparecer. Primero, porque nadie es responsable de la calidad de las alabanzas y de las críticas que recibe. Y segundo, porque a nadie le amarga un dulce, nadie escarmienta en cabeza ajena y yo en su lugar las hubiera recibido con el mismo orgullo.

Solo digo que un grupo que empieza es un ecosistema muy delicado para el que puede resultar igualmente perjudicial una sequía de apoyos que una inundación de halagos. Y por eso, cada vez que veo que se forma un hype  en torno a uno que da sus primeros pasos, por ilusionantes que estos puedan ser, me acuerdo de Bojan y pienso si el entusiasmo desmedido no nos privará de un futuro de grandes canciones.

Dicho lo cual, por mucho que hubiera que evitar que Marruecos le convocase primero, me preocupa la sobreexposición de Munir.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Hace tiempo que no siento nada al hacerlo contigo: Valoraciones sobre el último disco de Morrissey y su próxima visita.


Acabo de comprar mi entrada para el concierto de Morrissey y, tal y como me pasaba con una chica con la que solía quedar hace unos años y que siempre anulaba nuestras citas hasta en tres o cuatro ocasiones hasta que finalmente nos veíamos, más que emocionado, me siento inquieto ante la posible decepción.

Pocas mujeres han despertado en mí un nivel de deseo irracional tan elevado como el que despertaba Clara. Desde la primera vez en que la vi me sentí absoluta e incontrolablemente atraído por ella, atracción que no hizo más que aumentar en las siguientes ocasiones en que nos cruzamos, a pesar de que en ninguna de ellas llegáramos a intercambiar palabra.

Cuando por fin llegó el día en que coincidimos en condiciones favorables (esto es, sin estar su novio presente y yendo yo lo suficientemente borracho como para olvidar mi timidez en el lavabo), empezamos a hablar y nos caímos simpáticos. Esa noche nos acostamos y mi eyaculación fue tan rápida que hubiera podido desafiar a Usain Bolt en una final olímpica. Creo que nunca en mi vida he durado menos. Y eso que iba ciego como una rata. Tal era el grado de deseo que sentía por Clara.

Durante los meses siguientes quedamos con cierta frecuencia, aunque, como he dicho, ella siempre posponía el encuentro en tres o cuatro ocasiones hasta que finalmente nos veíamos, un par de semanas después de la fecha prevista. A lo largo de esas citas comprobé que, si bien el grado de atracción que sentía por ella no había disminuido en lo más mínimo, no podía decir lo mismo de mi simpatía, no solo por los continuos plantones, sino porque, tal y como me habían adelantado algunos amigos que ya la conocían, Clara estaba bastante lejos de ser una buena persona.

Así, la fascinación inicial dio lugar al descubrimiento de una persona egocéntrica y banal que cuando quería ser ingeniosa se mostraba más bien maleducada y se comportaba de manera terriblemente desconsiderada en sus relaciones con los demás. A pesar de lo cual… la seguía deseando de manera enfermiza. Bien, pues algo así es lo que me pasa con el Morrissey actual.

56 eurazos de entrada. ¡Toma mandarina!

Creedme que no exagero si os digo que descubrir a los Smiths me cambió la vida. De hecho, sé que todos aquellos que también los descubristeis en vuestra adolescencia sabéis perfectamente de lo que hablo y compartís el mismo sentimiento.

No quiero extenderme demasiado en los efectos que ese primer contacto produjo en mí, puesto que se trata de una historia que se ha sido contada un millón de veces por un millón de personas distintas, pero con muy pocas diferencias entre los distintos relatos (paradójicamente, The Smiths terminan por tener un efecto homogeneizador sobre aquellos que nos acercamos a ellos por sentirnos diferentes, aspecto que encuentra su mejor metáfora visual en los clones de Morrissey que aparecen en el videoclip de Stop Me  If You Think That You’veHeard This One Before). Y si la historia les puede parecer redundante a aquellos que la han vivido en carne propia, me temo que para aquellos que no, resultará del todo incomprensible.

Y no es que The Smiths sean la única vía posible a través de la cual vivir ese rito iniciático que para otros pueden haber pilotado cualquier otro músico, escritor o cineasta, pero, sinceramente, creo que pocos pueden resultar tan atractivos para alguien que se encuentra en una etapa de búsqueda personal y siente que no encaja con lo convencional.
Por resumir mucho aquello en lo que estoy intentando no extender, descubrir a los Smiths ampliaba tu mundo, te hacía ser conocedor de un secreto compartido, casi de una verdad revelada. Te hacía sentir especial.

Poco después de mi revelación y tras haberme fundido todos sus discos, cuyas letras podía recitar de memoria, empecé a investigar la carrera de Morrissey en solitario. En ella, resultaba imposible no añorar la guitarra de Johnny Marr (hay creadores que están condenados a trabajar juntos si quieren dar lo mejor de sí mismos; ninguno de los dos volvería nunca a brillar como lo hicieron cuando colaboraban), pero seguía teniendo canciones brillantes. Además, poco después editó el You Are the Quarry después de siete años de silencio, que a día de hoy me sigue pareciendo un discazo.

En definitiva, la fascinación que yo sentía por Morrissey en aquella época no me alejaría demasiado de cualquier gemelier o belieber actual.


Sin embargo, los discos siguientes resultaron cada vez más pobres (aunque hace poco he recuperado el Rigleader of the Tormentors hay cositas…) hasta llegar al último, World Peace Is None of Your Business, que me parece lo peor que ha publicado nunca. Desde mi punto de vista, apenas hay dos canciones que se salven en él, y no porque sean buenas, sino porque podrían ir en un recopilatorio de caras B.

El problema lo encuentro no solo en el apartado musical, situación que ya se ha repetido en otros momentos de su carrera en solitario, donde Morrissey ha terminado por rodearse de músicos efectivos pero no brillantes y que, me da la sensación, deben mostrarse bastante complacientes con los caprichos de la estrella (nada de raro hay en que no quieran arriesgar su principal fuente de ingresos haciéndole notar que una melodía es pobre o una letra poco trabajada a alguien célebre por sus rabietas). Para mi sorpresa, es en el apartado lírico donde el disco más me ha decepcionado. La antigua brillantez de Morrissey se ve aquí reducida a una sucesión de ingeniosos eslóganes en los títulos de las canciones que en ningún caso terminan por ofrecer lo que anuncian (por ejemplo, su proclama abstencionista – “each time you vote, you support the process – en la canción titular, parece propia de un niño de quince años que acaba de descubrir la política).

A todo esto, hay que sumar que su personaje (que probablemente haya devorado a su persona, y este no es un chiste sobre gordura), cuyas excentricidades podían resultar divertidas años atrás, se ha vuelto del todo insoportable. La sucesión de noticias de los últimos meses hace que el nivel de vergüenza pública que tenemos que soportar sus fans solo sea igualable al que tuvieron que sufrir los hinchas del Madrid cuando Floren y Aznar se abrazaron por la consecución de la décima: anulación de conciertos por motivos caprichosos, declaraciones faltonas contra cualquier otro artista, amenaza de no publicar su autobiografía para que Penguin la incluyera en su colección de clásicos, expulsión de la gira con escarnio público a su telonera, abandono dela discográfica pocos meses después de haber fichado…

Bien, pues expuestas todas las razones por las que sus fans deberíamos haber tirado la toalla con Morrissey, me es imposible despreciarle como me era imposible despreciar a Clara. Por mucho que mis amigos no lo entendieran, al igual que los detractores de Morrissey tampoco lo puedan comprender, el ser conscientes de todos estos aspectos negativos no nos impide ver a un ser vulnerable e inseguro que en el fondo solo busca afecto de manera desesperada, con toda la belleza y ternura que de ello se desprende.

Pero sobre todo, ninguna de sus imperfecciones puede apagar la llama del deseo de aquel primer descubrimiento y que en la noche del 9 de octubre intentaremos reavivar, por improbable que parezca.

lunes, 18 de agosto de 2014

Por qué Tinder no es un Grindr para heteros.


Partamos de que buscamos un imposible. No tanto un animal mitológico, un unicornio, un perro de tres cabezas o un mono alado del que nos llegan ecos de la antigüedad pero al que nunca, ni en nuestras primeras fantasías infantiles, hemos barajado como real. Se trata más bien de una fantasía adolescente, que ya sabemos que son infinitamente más peligrosas que las anteriores, puesto que nunca se desechan del todo y corremos el riesgo de perseguirlas durante el resto de la vida.

Se trata, en definitiva, de algo en lo que querríamos creer, algo que anhelamos, pero que en realidad no está ahí.

Hace unos meses, una amante me contó que varias de sus amigas estaban usando Tinder y que estaban encantadas con el resultado. Hasta ahí, nada relevante; a estas alturas no hay nada de especial en que la gente utilice las redes sociales para buscar pareja de manera explícita.

- ¿Qué es? ¿Como un Grindr para heteros?

Según hice la pregunta, pensé que mi descripción era una manera bastante imprecisa, puede que por poco realista, puede que por ingenua, de definir lo que esa nueva red social es. Sin embargo, antes de que me diese tiempo a matizar, mi antigua amante respondió afirmativamente.

Inicialmente yo me mostraba escéptico, tanto como en su momento me habría mostrado si alguien me hubiera definido Badoo como un Bakala para heteros. Precisamente sirviéndome de esa analogía, le expliqué mis reservas sobre que el uso de Tinder fuera similar al que mis amigos maricas hacían de Grindr. Le expliqué que ellos lo usaban para follar directamente. Y ella me respondió que sus amigas hacían lo mismo, también para follar directamente. Así que tomé su palabra por buena quedándome tan sorprendido como, por qué no decirlo, entusiasmado.


(Más tarde me daría cuenta de que directamente es una unidad de tiempo suficientemente ambigua como para que dos personas la utilicen de manera simultánea refiriéndose a intervalos completamente distintos).

Un par de semanas después, una tarde en la que estaba terriblemente aburrido y tenía unas ganas locas de… probar cosas de forma empírica, decidí bajarme Tinder y testearlo por mí mismo. Y si bien no puedo decir que la experiencia fuera poco satisfactoria (ni poco efectiva a la hora del ligue tampoco), en absoluto se parece a nada que podamos definir como “un Grindr para heteros”.

Usé la aplicación durante un par de semanas en las que charlé con unas diez chicas, con nueve de las cuales apenas pasé de un breve cruce de palabras. Y ahí encuentro el primero y, para mí, más importante de los inconvenientes: la charleta.

Si hay algo que me agota en la vida es la conversación insustancial, sea en el contexto en el que sea. A la hora de entrar a una chica en un bar, no hay nada que me dé más pereza que esos quince primeros minutos de charla banal en los que intentamos ver si hay química. Pero cuando se produce en ese entorno, al menos llevas un par de copas encima y estás en contacto directo con la persona que te ha gustado. Es, por tanto, más fácil abstraerse del terrible carrusel de lugares comunes en los que solemos caer todos cuando ligamos. Sin embargo, hacerlo sereno y  vía móvil… para mí resulta demasiado.

¿En qué se diferencia esto de Grindr y la manera en que muchos gays lo usan (por lo menos mis amigos y muchos de sus conocidos)? En que la charleta se elimina de la ecuación y, puesto que lo que se busca es un polvo, una relación puramente física, es a eso a lo que se ciñe la brevísima conversación: “¿Foto de cuerpo?” “¿Cuánto te mide?” “¿Qué te va?” “Chupar pies y que me escupan en la boca.” “Esta es mi dirección.” “Tardo quince minutos.”

Digamos que eso se acerca más a la idea que yo tengo de directamente.


(Antes de que nadie se ofenda, aclaro que soy consciente de que Grindr también se usa como herramienta para un ligoteo más tradicional y no solo como instrumento para la búsqueda de sexo sin compromiso).

En esas dos semanas de uso de Tinder también conocí a una chica majísima y muy guapa con la que tuve una cita bastante divertida. Terminamos acostándonos esa noche y, aunque ambos nos escribimos un par de veces más durante los siguientes días, ninguno de los dos pusimos demasiado entusiasmo en volver a quedar. En resumen, la experiencia, por objetivo, desarrollo y resultado, no se alejaría demasiado de cualquier ligue de una noche: atracción física inicial, simpatía mutua y sexo sin expectativas de que la cosa vaya más allá. Con la diferencia, eso sí, de que ambos invertimos mucho más tiempo del que normalmente se invierte ligando en un bar.

Añado, además, que tengo la sensación de que si los dos nos volvimos a escribir durante los siguientes días fue más por educación que por el interés que pudiéramos tener ninguno de los dos en una segunda cita. Me explico: entiendo que después de habernos estado escribiendo con frecuencia durante cuatro días, no dar señales de vida después de habernos acostado nos resultaba feo. Pero me resulta difícil imaginarme a mis amigos gays en esta situación después de follar con un tío al que han conocido por Grindr, o a cualquiera después de tirarse a un ligue de una sola noche. Y si esa diferenciación se produce es porque en Tinder, a diferencia de la otra aplicación, el tipo de interacción se enmarca en un contexto más romántico que sexual.

Precisamente, ese es otro de los principales problemas que le encuentro a la aplicación. A día de hoy, para la mayoría de nosotros, lo natural es que una relación se inicie primero en un plano sexual para, con suerte, más tarde adentrarse en el romántico: conoces a alguien, sea un bar, en el trabajo o a través de un amigo; os acostáis un par de veces; y si hay química poco a poco se pasa al siguiente nivel. Para mí eso, que lo carnal preceda a lo metafísico, lo que somos a lo que queremos ser, es más natural que construir una relación platónica en la que se comparten gustos, fobias, intereses e intenciones antes de haberse dado siquiera un beso.

Lo que en el fondo es tan antiguo como el amor epistolar. (Vaya nalgas, ¿no?)

En cualquier caso, también es cierto que tiene lógica que una aplicación que se sirve de Facebook como de base de datos dé lugar a la búsqueda de relaciones más o menos convencionales. Las fotos y gustos que se suben a la red social más extendida, aquella en la que tienes agregados a tus padres, tus sobrinos, la tita Julia y tu jefe, no resultan las más apropiadas a la hora de buscar sexo indisimuladamente (a pesar del enorme porcentaje de usuarios de Facebook que lo usan principalmente para buscar sexo con menos disimulo del que querrían creer).

Habiendo dicho todo esto, lo cierto es que si Tinder no es un Grindr para heteros es porque la mayoría de las mujeres no estaríais interesadas en una aplicación así.

Creo que no estoy descubriendo nada si digo que a la mayoría de los tíos nos atrae la idea de tener sexo con una completa desconocida, con alguien de quien sabríamos poco más que su nombre, su aspecto físico y su predisposición a irse a la cama con nosotros. Por supuesto, también hay hombres a los que este supuesto no les gusta en absoluto. Yo tengo algún conocido que abomina de ese tipo de sexo por parecerle propio de animales, objeción a la que, aun respetándola, no puedo evitar responder que si hay una faceta de mi vida en la que quiero que lo animal premie sobre lo civilizado es, precisamente, el sexo.

Pero ya os digo que, salvo contadas excepciones, preguntad por ahí y veréis cómo la mayoría de nosotros, como poco, no tendríamos inconveniente en follar bajo esas circunstancias. Sin embargo, a la mayoría de las chicas os pasa lo contrario.

Días después de mi cita con la chica de Tinder quedé con otra chica a la que también había conocido por vías poco tradicionales (que ahora no vienen al caso). Cuando ella me comentó que también había probado la aplicación y compartimos nuestros resultados, salió a relucir las diferencias que yo veía entre Grindr y lo que me habían prometido como su versión hetero. Su respuesta fue que a ella no le atraía en absoluto la idea de acostarse con un completo desconocido sin apenas cruzar palabra o saber nada de él. Y esta chica de la que os hablo muy difícilmente podría ser definida como una reprimida sexual: ha tenido múltiples parejas, ha hecho sus tríos… Quiero decir, que si no hace algo no es porque no se atreva, por falta de modernidad o por la presión social, sino que, sencillamente, es algo que no le pone.

También hablé del tema con varias de mis amigas, que tampoco creo que sean ningunas mojigatas (tampoco os estoy llamando putis, eh chicas). Y todas me respondieron lo mismo: que lo de follar con alguien de quien no supieran nada en absoluto y con el que hubieran contactado únicamente por una red social no era algo que les llamase la atención precisamente.

Mis amigas, las mojigatas, un martes cualquiera.

Tengo un amigo que tiene la teoría de que las mujeres entienden el sexo de una manera más íntima porque, mientras que nosotros penetramos, ellas son penetradas. Piensa que es más invasivo, o, usando sus propias palabras: “¿Tú te imaginas lo que debe ser sentir un cuerpo extraño dentro de ti?”. Si bien valoré esta teoría brevemente, terminé por rechazarla por dos motivos.

En primer lugar, la mayoría de mis amigos gays son pasivos, es decir, por lo general son penetrados, y ellos no parecen tener el menor problema a la hora de tener un cuerpo extraño dentro de sí, sin importar a veces lo desconocida que pueda ser la persona a la que el cuerpo extraño en cuestión pertenezca. Y, en segundo lugar, y al hilo de lo que comentaba antes de mis amigas, y por lo que yo mismo he podido observar, la cuestión poco o nada tiene que ver con la intimidad.

Hace unos años tuve una novia junto con la que coqueteé con el mundo del intercambio de parejas (no tengo claro si el uso del verbo ‘coquetear’ me convierte en una señora de sesenta años). Al adentrarnos en el universo swinger pudimos comprobar, por un lado, que en los distintos chats y páginas de contactos sexuales había una mayoría absoluta de chicos solos, algunas parejas, y poquísimas chicas (la mayoría de las cuales eran chicos con nicks falsos).

¿Es necesario dejarse bigotito para introducirse en la comunida swinger?

Comprobamos también cómo muchas de esas parejas se servían precisamente de páginas gays para relacionarse entre sí y buscar compañeros de juegos. Si muchas lo hacían, aun cuando ambos miembros de la pareja eran estrictamente heterosexuales (y las personas con las que contactaban también), es porque en esos espacios el contexto sexual estaba preestablecido, sin necesidad de rodeos o rubores.

En la primera pareja con la que hablamos, la chica nos comentó que ella no había tenido ninguna experiencia hasta que le conoció a él y que, aunque era algo de lo que disfrutaba enormemente, no se veía haciéndolo por su cuenta en el caso de que se quedase soltera. Más tarde comprobamos que ese patrón se repetía en la mayoría de los swingers (de hecho, más o menos, es el que se daba en la mía).

Tiempo después,  hablamos con otra pareja en la que la chica también había tenido experiencias similares con otros acompañantes, pero nunca por su cuenta. Su novio tenía la teoría de que se debía al temor a la supuesta superioridad física del hombre: entendía que a una chica le provoca más miedo que a un chico irse a casa de un desconocido con el que no se ha interactuado en persona, o llevárselo a la propia, porque en el caso de encontrarse con alguna situación desagradable, el varón, en teoría, sería más fuerte que ella (digo “en teoría” porque creo que casi todas las chicas con las que me he ido a la cama tenían más fuerza física que yo).

Su novia, sin embargo, aun reconociendo que podía ser un factor que la hubiera influido, no lo consideraba tan determinante, puesto que también se había ido a casa de tíos a los que había conocido en un bar y con los que apenas había intercambiado un par de palabras con las que difícilmente se podía descartar que el afortunado fuera un maniaco asesino. La interacción física directa, para ella, resultaba determinante no a la hora de tener más confianza, sino a la hora de excitarse.

Sí, lo es.

Asimismo, las distintas parejas con las que hablábamos insistían en que las chicas solas en este mundillo eran inexistentes; un animal mitológico, como decía al principio. A pesar de ello, cuando mi chica y yo rompimos, llegué a quedar con una chica sola a través de una de las páginas que nos habían descubierto. Eran las dos de la madrugada y la chica fue directa al grano. No quería saber ni mi nombre ni que intercambiásemos teléfonos. Solo quería que le pusiera la webcam para verme la cara y la polla y saber si me gustaba el sexo anal. Después de mostrarme y de sentirme como si a Bob Marley le hubieran preguntado si le gustaba la marihuana, me dio su dirección y me planté en su casa. No voy a decir que era una modelo, pero creedme si os digo que estaba bastante bien y echamos un polvo fantástico. Ni cambiamos teléfonos ni me dijo su nombre. Eso es directamente.

Si cuento esto es para dejar claro que sé que, evidentemente, tal y como existen excepciones del lado de los chicos, también hay algunas chicas a las que buscar sexo anónimo y despreocupado a través de internet les gusta tanto como al que más. Pero estaréis de acuerdo en que no es la norma general.

La semana pasada quedé a cenar con unos amigos y les hablé de que estaba preparando esta entrada para el blog. Cuando les comenté, poco más o menos, todo lo que ya os he expuesto aquí, una de las chicas del grupo expresó que aún quedaban muchos años para que una aplicación como Grindr pudiera funcionar con éxito entre las mujeres. Entendí entonces que no, que no era una cuestión de paso del tiempo o modernización; que, si ni las convenciones sociales ni los condicionantes morales resultaban factores coercitivos para ninguna de las chicas de las que os he hablado, no se trataba de esperar a un mayor grado de liberación sexual, puesto que ellas ya hacían exactamente lo que les apetecía.

La liberación sexual no consiste en esperar que los demás se comporten como a nosotros nos gustaría que lo hicieran, sino en que cada uno haga lo que quiera sin que le importen los demás. Si Tinder no es un Grindr para heteros es porque a los hombres y a las mujeres no siempre nos gustan las mismas cosas. Y está bien que sea así.

martes, 1 de julio de 2014

Caníbal enamorado.


No me da pudor reconocer que soy un romanticón de libro, en el sentido más cursi y adolescente del término. No tanto en mis relaciones de pareja, donde mis diferentes novias siempre me han echado en cara mis problemas para “abrirme a la intimidad” (esto no es una metáfora del cunnilingus, sino de mi escasa capacidad para expresar mis sentimientos), como en mi fuero interno, donde en secreto canto canciones de Prefab Sprout a voz en grito, veo toda comedia romántica que se cruce en mi camino sin importar lo mala que sea y fantaseo con bodas sin parar, como si hubiera entrado en un bucle espacio-temporal en una capilla de Las Vegas (para alguien cuyos últimos años a nivel emocional se caracterizan por el miedo al compromiso es increíble lo mucho que me pueden llegar a gustar las bodas).


En definitiva, me pirran las historias de amor bigger than life, llenas de impedimentos, contra todo y contra todos, contra lógica y contra natura incluso (un buen incesto, rollo Lannister o la casa de Austria, es el no va más del romanticismo medieval), aquellas en las que el héroe o heroína combate sus limitaciones y las de su entorno y cruza mares y montañas en busca del ser amado.

¿Y a qué puede venir todo esto en una entrada en la que pretendo hablar de Luis Suárez?

Como todos sabéis, el delantero uruguayo ha recibido una importante sanción por parte de la FIFA por morder a Chiellini durante el partido que les enfrentaba contra Italia. Si bien Suárez ya era sobradamente conocido antes del incidente, su fama se limitaba más bien a los aficionados al fútbol, mientras que ahora su reconocimiento como icono popular del bocao en el hombro ha llegado hasta el punto de que incluso Laura de Rusos, que sería incapaz de distinguir a Cristiano Ronaldo de Messi en una rueda de reconocimiento, me pregunte por ese delantero-que-muerde-a-la-gente.

Como digo, todo el mundo conoce ya ese aspecto de la vida de Suárez. Sin embargo, no tantos conocen otra faceta mucho más hermosa del jugador y que, para mí, está directamente relacionada con la anterior.

De adolescente, Suárez era un delantero del montón en Uruguay, imagino que correcto y con suficientes cualidades como para llegar a ser profesional, pero sin que se le adivinase el potencial que ha llevado a que años después se hable de pagar hasta 90 millones de euros por él. Suárez tenía quince años cuando su novia, de trece, se mudó a Barcelona debido al trabajo de sus padres estableciendo, todo un océano de distancia entre la joven pareja.


El delantero entendió entonces que, siendo de un origen enormemente humilde como era, su única posibilidad de reencontrarse con su amada en el Viejo Continente (como es una entrada folletinesca me permito estas licencias) era brillar lo suficiente como para que algún club europeo lo fichara. Sin embargo, también cuentan que fue la pequeña Sofía quien convenció al delantero de sus posibilidades reales para dedicarse al fútbol, lo que me lleva a fantasear con ella como una Lady Macbeth charrúa acogiendo en su pecho al delantero cuando este, después de cada mordisco, le confiesa I have done the deed.

Pasaron cuatro años hasta que Suárez fichó por el Groningen, en Holanda. Por lo visto, al joven le daba igual por qué equipo fichar con tal de estar más cerca de su novia. Mediada la temporada, se acercó a Barcelona a convencer a sus suegros de que dejasen a la muchacha, aún de diecisiete años, irse a vivir con él. Estos accedieron y desde entonces el delantero se ha convertido en uno de los mejores jugadores del mundo, la pareja, ahora matrimonio, sigue unida y tienen una niña (o dos o vaya usted a saber, que tampoco me voy a poner a fisgar en la vida de la gente).

¿Y qué tiene que ver todo esto con los mordiscos?

Los delanteros viven de instinto y actos reflejos. Lo primero, lógicamente, son cualidades innatas, mientras que los segundos son acciones que se repiten sin cesar hasta que se incorporan al repertorio como si formasen parte de la esencia misma del futbolista (nada peor puede haber para un 9 puro que pensar en el área; en el área se actúa, no se piensa).

No sabría decir si los mordiscos de Suárez encuentran su raíz en su instinto animal o en un acto reflejo aprendido, pero lo cierto es que ya forman parte de su esencia personal (si es capaz de morder en un Mundial o en la Premier, en estadios llenos de cámaras, imaginad los bocados que debió repartir en las categorías inferiores de la liga uruguaya…). Pero lo importante es que Suárez no muerde ni para marcar gol, ni para salir de la pobreza, ni para ser el mejor jugador del mundo, sino que lo hace por amor, que es mucho más importante. Ese fuego que le lleva a hincar los dientes en el cuerpo del rival nunca podrá apagarse dentro de él, porque el día en que lo haga su amor se habrá apagado, y eso es algo que ni él ni nadie queremos.

El castigo impuesto a Suárez por la FIFA me parece un tanto desmedido. Cierto es que se trata de un comportamiento poco deportivo y que no tiene cabida en un terreno de juego, y, si bien se le puede reconocer cierto encanto naif a la primitiva infantilidad de su respuesta, también es cierto que, incluso como agresión, resulta bastante grosera y poco viril u honorable. En cualquier caso, creo que El Caníbal cumplirá con gusto la condena por un crimen cuyo origen no es otro que la necesidad de abrirse paso a bocados en la búsqueda del amor de su vida.

martes, 24 de junio de 2014

Cosas que la modernidad creemos guays (y al resto del mundo no se lo parecen tanto).

Miranda Makaroff, patrona de la modernidad, que me gusta más que comer con los dedos.

Cada vez que en alguna entrevista me preguntan acerca del estado-de-lo-indie intento explicar que, aunque nosotros creamos que somos muchos por la cantidad de ruido que generamos, en realidad somos una isla, una burbuja con un microclima de intereses y modos de vida compartidos que poco o nada tienen que ver con los de la mayoría de la juventud española.  Creo que no os estoy diciendo nada que os resulte nuevo, que en cenas familiares o reuniones con amigos de la infancia todos habéis gastado energía explicando que el-vinilo-ha-vuelto o el-bigote-se-vuelve-a-llevar mientras el resto de la mesa os miraba con extrañeza.

Para aquellos que trabajáis en profesiones guays (ilustradores, fotógrafos, guionistas, coolhunters… yo qué sé), la prolongación de esa falsa realidad es más duradera que para los que tenemos trabajos más convencionales y que a diario comprobamos que, a pesar de nuestros contactos del Facebook, de nuestros mil y pico seguidores en Twitter, de lo que digan Playground y la VICE o incluso Radio 3, en el fondo no hemos dejado de ser los raros de la clase.

Porque la Tierra no es más que un aula de instituto de 510.072.000 km², aquí tenéis una pequeña lista de cosas que la modernidad creemos guays, y que al resto del mundo no se lo parecen tanto.


1. Ser blogger: Intenta explicarle a tu tía que tienes un blog. Aunque insistas en que tienes muchas visitas y que te puede ser útil como parte de tu currículum, ella no podrá evitar pensar que simplemente tienes un diario, como lo tenía ella a los ocho años de edad.

Donde tú quieres verte como... LA VOZ DE TU GENERACIÓN.


El resto del mundo ve...


2. Tener un grupo: Hasta no hace tanto (cuando yo era joven aún pasaba), sacar una guitarra en una reunión de adolescentes era garantía de que esa noche se pillaba. Pero, afrontémoslo, eso ya no es así. A la inmensa mayoría de la población española la música se la suda a niveles estratosféricos. 

Es por eso que cuando dices que tienes un grupo y tú quieres verte como...


Lo que el resto del mundo ve es...


3. El look geek: Intenta explicarle a tus amigos del instituto que no llevas lentillas porque, con las gafas, ligas. Verás su cabeza explotar.

Porque donde tú quieres ver...


Ellos solo ven...


4. El bigote: "¿Y te creerás que vas guapo?", me pregunta mi padre cuando voy a visitarle y llevo bigote.

Porque donde yo quiero ver...


Él ve... LA REALIDAD:


5. Los pantalones de cintura alta: Después de haber pasado toda mi adolescencia siendo rapero y llevando los pantalones, como mi madre solía decir, cagaos, explícale ahora tú a la buena mujer porque lo llevas más arriba que John Wayne.

"Verás, mama, es que yo me creo que..."


Cuando en realidad...


6. El vello corporal: Aunque intento explicarle a mis compañeras de trabajo que la mayoría de las chicas de mi entorno social (casi todas con las que me he acostado, al menos, así lo afirman) prefieren a los hombres con pelo frente a los depilados, ellas son mucho más partidarias del hombre metrosexual. Es más, me temo que piensan que esas chicas de las que hablo solo existen en mi cabeza.

Es por eso que donde yo les querría hacer ver...


Ellas imaginan...


7. Las bicis: He de decir que aquí me posiciono con el resto de la humanidad, que un medio de transporte que te hace llegar sudado a los sitios se ponga de moda me parece una involución. Piensa en ello la próxima vez que llegues a trabajar en este plan...


Mientras que tus compañeras te ven así...


8. Leer: 


Con la de ocasiones en las que poco o nada nos falta para follarnos el radiador, mandaría cojones que ahora nos pusiéramos tan exquisitos como para rechazar a alguien que se quiera ir a la cama con nosotros solo porque no tenga libros. Porque, se pongan como se pongan John Waters o los de Jot Down, leer no es sexy. Leer es leer, copón.

Y si dudáis de lo que digo, acercaos a ligar con una tía un sábado hablándole de libros, que mientras vosotros intentáis haceros pasar por...


Ella verá...


9. Los vinilos: Cada vez que tengo que explicarle a algún familiar porque hemos editado un disco de vinilo acabo derrotado y he de reconocer que, sí, es por esnobismo.

Así, lo que nosotros percibimos como una melomanía encantadora...


El resto del mundo lo ve como...


10. Los cómics: Por mucho que queráis disimular llamándolos "novelas gráficas", para la mayoría de la población los tebeos son una pila de mortadelos y zipizapes que olvidar en la infancia.

Y  mientras tú fantaseas con...


Ellos ven...

jueves, 19 de junio de 2014

Saber romper: el estilo no es negociable.


Me encanta el concepto “primera cita” en su versión más americana, la que hemos aprendido a través de sitcoms y comedias románticas, bases, no nos engañemos, de la educación sentimental de nuestra generación. Por cómo se desarrollan nuestras vidas, cuando menos la mía, hoy en día es más habitual que la parte sexual a la hora de iniciar una relación preceda a la parte de conocer a la otra persona: hablas con una chica en un bar, os hacéis un par de bromas, os vais a casa y os acostáis; coincidís alguna vez más y se repite la jugada e incluso recurrís a alguna booty call que da sus frutos, de manera que apenas sabéis nada el uno del otro cuando ya os habéis acostado unas cuantas veces, creándose así cierta intimidad con una persona a la que en realidad apenas conoces.

Frente a ese esquema de relación, al que en absoluto me opongo y que en ocasiones me resulta enormemente atractivo, a veces añoro la mezcla de nervios, incertidumbre y excitación que domina una primera cita con una persona con la que aún no te has acostado, cuando comienzas a conocer al otro más a través de la conversación que del sexo y el juego de seducción pierde la verticalidad propia de las noches etílicas para convertirse en un tiqui-taca más pausado, pero potencialmente más hermoso y profundo.

(Podría haber dicho algo tan petulante como que no hay mejor manera de conocer a una persona que follártela, pero, por efectiva que pudiera resultar la frase, todos sabemos que eso es solo una media verdad, que hay personas que follando pueden ser generosas y entregadas y ser Satanás en la vida real, igual que hay magníficas personas que en la cama se vuelven egoístas y mezquinas).

Hará un par de semanas tuve una primera cita como las que arriba describo, de las de verdad, no con alguien con quien ya me hubiera acostado, y me llamó la atención que, en un momento dado, de manera casi simultánea, en el pequeño interrogatorio con el que ambos pretendíamos valorar nuestra idoneidad como potenciales parejas se nos ocurrió la misma pregunta: “¿cómo te llevas con tus ex?”.

Desconfío enormemente de la gente que sistemáticamente se lleva mal con sus ex. Es más, la mayoría de estas personas ni siquiera sienten pudor al exhibir lo mal que se llevan con aquellos a los que en otro tiempo amaron, sino que se muestran hasta orgullosos, convirtiéndolo en su estandarte.

Sé que hay ex con los que es imposible mantener una buena relación y de los que incluso es imposible guardar un buen recuerdo porque pueden haber sido muy dañinos para nuestra vida. Todos tenemos a alguien así, pero lo normal, por pura estadística, es que sean los menos. E incluso en aquellos casos, no puedo evitar sentir como un fracaso personal el que lo negativo supere a lo positivo al final de la relación.

En definitiva, la manera en que nos relacionamos y hablamos de aquellos que en su día nos hicieron felices, dice mucho de nosotros.

¿Y a qué viene todo esto?

España ha sido eliminada del Mundial en primera ronda y muchos de los que hasta hace nada enarbolaban eslóganes tan terribles como “Soy español, ¿a qué quieres que te gane?”, como si ellos hubieran tenido nada que ver en las victorias, hoy claman contra los jugadores y piden la cabeza de Del Bosque en un ajusticiamiento tan revanchista como cobarde.

Tanto mi generación como las inmediatamente anteriores teníamos apuntado “ganar un Mundial” en nuestra Lista de Cosas Imposibles, debajo de “acostarnos con una supermodelo” y encima de “ver la llegada de la III República”. Atacar sin piedad ahora a aquellos que convirtieron una quimera en realidad es como renegar de aquella persona que nos dio los mejores años de nuestra vida cuando ya no creíamos en el amor. Ni el fútbol ni el amor son eternos, y tan complicado como saber detectar el momento en que cada uno ha de seguir su camino es conseguir hacerlo con elegancia.

A Del Bosque se le pueden achacar muchas cosas hoy. Tan elogiable es el decidir morir con una idea y un grupo como reprochable es apostar por la comodidad de algo tan seguro como agotado, en lugar de afrontar el riesgo que supone adentrarse en algo nuevo, seguramente aterrador, posiblemente exitoso. Pero lo que nadie puede criticar a nuestro entrenador es el estilo, en la victoria y en la derrota. A la hora de romper, a la hora de permanecer juntos o poner tierra de por medio, a la hora de amar o de dejar de hacerlo, en todas las facetas de la vida en general, el estilo no es negociable.

Decía Santiago Segurola, en un artículo, como siempre, brillante que “en el fútbol basta esperar para cargarse de razones”, pero “en el caso de la selección ha habido que esperar una eternidad”. Volviendo brevemente a las relaciones, pasa algo parecido, porque todos cometemos errores, es imposible que, tarde o temprano, en algún momento, no puedas a fallar a quien te quiere, igual que quien quieres te podrá fallar a ti. Como dice una amiga, “si buscas mierda, al final la encuentras”. Que ese fallo borre todo lo bueno o no, es decisión tuya.

Puedes quedarte con esto:


O con esto:


Yo elijo quedarme con lo bueno.