lunes, 15 de junio de 2015

Los autosabotajes de la izquierda: Esa broma de mal gusto que nunca termina.

Foto de Miguel Muñoz en cuartopoder.

1. Hemos vuelto a conseguirlo: la izquierda hemos vuelto a batir nuestro propio récord a la hora de autosabotearnos. Menos de veinticuatro horas nos ha durado esta vez la ilusión. Volvemos a mostrarnos como ese anciano enfermito al que cualquier mala brisa pone al borde de la UVI. Como ese boxeador tan lleno de ilusión como falto de empaque que se tambalea ante el primer derechazo que recibe al subir al ring.

En menos de un día ya estamos divididos ante cuál debe ser la respuesta adecuada ante los antiquísimos y descontextualizados tuits de Guillermo Zapata que alguien ha recuperado de manera vil e interesada: unos piden su inmediata destitución como muestra de responsabilidad y ejemplo por parte de nuestra nueva alcaldesa; otros proclaman el terrible desengaño que esto supondría y empiezan a renegar de Manuela.

2. “¿Por qué nos sucede esto?”, nos preguntamos muchos. “¿Por qué se genera este jaleo desmedido por cuatro chistes, más o menos afortunados, pero chistes al fin y al cabo, cuando desde la derecha se pueden permitir poco más o menos lo que quieran sin que ello provoque división en sus filas? ¿Por qué a ellos les resulta el juego sucio y a nosotros no?”

Pues bien, en esa paradoja reside nuestra fortaleza. Nunca hemos de olvidar que nosotros no somos como ellos: nosotros nos planteamos las cosas, debatimos, tenemos espíritu crítico, ellos no; a nosotros sí que nos importa hacer daño a las víctimas, al débil, a ellos no les importa utilizarlos (como han vuelto a hacer hoy); nosotros sí que nos hacemos responsables de nuestros actos, queremos salir a la calle con la cabeza bien alta orgullosos de nuestras ideas y nuestra labor, ello ni tienen vergüenza ni ganas de conocerla.

Puede parecer que ese listón más alto que nos autoimponemos sea un hándicap, que nos haga disponer de menos armas, ser más débiles. Pero no es así. A la larga, será nuestra fortaleza.

3. Eso no quita para que no dejemos de señalar el sinsentido de que se monte semejante desaguisado por cuatro tuits fueras de contexto en un país en el que el Presidente del Gobierno manda mensajes de apoyo a un criminal convicto, dichos mensajes se filtran y aquí no ha pasado nada. No hay que olvidar tampoco que este presidente pertenece a un partido que se niega una y otra vez a condenar el Franquismo y a ejecutar muchas de las medidas de la Ley de Memoria Histórica. Que alguien que se muestra tan tolerante con un régimen tan hostil con los judíos y que en su momento colaboró con la Alemania nazi se permita el lujo de llamar antisemita a alguien es delirante.

Tampoco hay que olvidar las muchas actitudes xenófobas, homófobas o anticatalanas que muchas agrupaciones del PP han mantenido a lo largo de todo el país sin que pasara nada, que la hasta hace poco alcaldesa de Madrid despreciaba a los gays con juegos de palabras de “peras y manzanas” o que muchos de los mandamases del partido afirmaban, poco menos, que las mujeres abortaban por gusto y vicio. También que el 11-M fue perpetrado por el PSOE y que todos los que ellos quieran somos ETA.

Habremos de entender, supongo, que las peticiones de responsabilidades se limitan a aquellos comentarios que se hacen en broma y que como todo esto ellos lo dicen en serio, no aplica.

4. La cobertura que los medios generalistas han hecho del caso Zapata ha sido vergonzosa y pone de manifiesto que la ofensiva contra la unidad popular será total. Si hasta hace poco algunos de esos medios se mostraban afines a la falsa izquierda representada por el PSOE para mantener ante la ciudadanía la ilusión de democracia real y pluralidad informativa, todos se han quitado ya las caretas y la defensa que hacen del poder establecido y sus propios intereses es ya tan chusca como indisimulada.


Mención especial  a este respecto merece El País, que si ya llevaba varios años con una línea editorial vergonzosa, con la portada de hoy, en la que dan un protagonismo criminal a esta patochada de escándalo, se hace indistinguible de La Razón o el ABC.

Ni que decir tiene que ninguno de estos medios ha dado la relevancia necesaria ni al contexto en que estos mensajes fueron escritos (la polémica sobre los límites del humor a partir de la polémica Vigalondo) ni al momento (hace ya casi cuatro años). Como resultado, he podido hablar con varios amigos y conocidos que poco menos que creen que los chistes fueron publicados ayer como celebración de la investidura. Puesto que ninguno de estos amigos y conocidos es ningún tarugo que viva al margen de la realidad, habremos de plantearnos que el frente informativo del establishment hace caer sobre nuestros hombros la necesidad y la obligación de buscar información independiente si queremos conservar nuestra condición de ciudadanos críticos.

5. Antes hablaba de una ofensiva contra la unidad popular, no contra Podemos, como sostienen muchos analistas. Para mí está claro que Manuela provoca mucho más temor en los poderes fácticos que el partido de Pablo Iglesias, que es un blanco bastante más fácil con el que atemorizar a la población. La cantinela bolivariana, radical, antisistema… resulta más creíble aplicada a los jóvenes de Podemos que a una jueza de 71 años con un historial intachable.

Parece que la derecha sí se ha dado cuenta de que las fuerzas de unidad popular han resultado mucho más exitosas y temibles (para ellos) que la dispersión del voto en infinidad de partidos de izquierda que insisten en conservar su marca (ahora solo falta que nosotros nos demos cuenta también).

Los próximos meses, por tanto, están claros: van a ir con todo a por Manuela, Ada, las Mareas… Y habremos de defenderlas con uñas y dientes.

6. La intervención de ayer de Manuela Carmena en El Objetivo, con la polémica no caliente, sino ardiendo, me pareció intachable. Se mostró, en primer lugar, como alcaldesa de todos, y no solo de quienes la hemos votado. Tuvo en cuenta los sentimientos, creencias y opiniones de todos los madrileños, con independencia de sus colores políticos, y eso es algo que hace muchos años que no teníamos en Madrid. Se mostró tan comprensiva y protectora con Zapata y Pablo Soto como crítica con la situación y abierta a sensibilidades distintas que se hubieran podido ver heridas. No ocultó, tampoco, su conciencia y preocupación ante que nos encontrásemos con una maniobra interesada y partidista con la que se pretende torpedear el nuevo ayuntamiento. Añadió que antes decidir qué hacer tenía que reflexionar sobre ello. Ana Botella, por su parte, creía que reflexionar era flexionar dos veces.


Puede que algunos esperasen que Carmena ofreciese la cabeza de Zapata en directo, y otros que empezara contar chistes de Ortiga Lara (la única planta que florece bajo tierra) como muestra de solidaridad. Su posición era muy complicada: si destituía a Zapata, nadie se lo iba a agradecer, puesto que sus contrincantes seguirían atacando y podría perder a muchos de sus apoyos; si no lo hacía, se encontraría en una situación de debilidad institucional difícilmente sostenible y su labortendría sus primeras manchas antes siquiera de haberla empezado.

7. Manuela también dijo una tontería bastante importante en El Objetivo: que el humor negro no puede ser cruel. Pues no. Entonces no sería humor negro, sería otra cosa.
Desde sensibilidades próximas a Ahora Madrid, enseguida hubo quien empezó a renegar de la alcaldesa por la estúpida declaración sin reparar en que la brecha generacional que la separa de Zapata y muchos de nosotros hace más que entendible que dichas bromas le puedan parecer de mal gusto. A mí me divierte mucho hacer chistes sobre pedofilia, pero nunca se los haría a mi madre o a una señora de setenta años. Tampoco juzgaría con la misma severidad a alguien que haga un chiste sobre mariquitas que tenga cincuenta años que si es alguien de mi generación.

Bill Cosby: el límite del humor negro según Manuela.

Con esto no quiero decir que personas de distintas edades no podamos compartir los mismos gustos humorísticos, pero… joder. Creo que todos entendemos que el código generacional es clave a la hora de percibir el humor.

8. Creo firmemente que el humor no ha de tener límites. Es más, creo que la función del humor ha de ser la de cuestionar esos límites, rebasarlos, ser incómodo, ofensivo, cruel. Ahora bien, a Zapata no se le evalúa como humorista sino como concejal. Creo que lo de los límites del humor aquí no aplica.

Pero tampoco podemos ser tan hipócritas como muchos han sido estos días en redes sociales (gente que nunca habrá contado un chiste sobre las Torres Gemelas, las niñas de Alcasser, Miguel Ángel Blanco…). ¿De verdad nos parecería bien que un concejal del PP siguiera en su cargo después de publicar un chiste sobre negros, aun sabiendo que es una broma y no es alguien racista? ¿O sí debemos dar por hecho que alguien del PP es racista pero no que Zapata sea antisemita?

9. Ayer, mientras seguía la polémica, me planteaba si lo mejor no sería que Zapata dimitiese directamente como concejal para no dañar al proyecto. Hoy ha dimitido de sus responsabilidades en Cultura, pero no de su cargo como concejal.

Hasta el sábado por la mañana no conocía de nada a Zapata ni ninguna de sus labores, pero la dignidad y honor con la que ha llevado todo el asunto me parecen admirables. Desde el primer momento ha dado la cara, ha evitado la fácil (y no falta de razón) defensa del y-tú-más, se ha ofrecido a echarse a un lado para no perjudicar al proyecto colectivo, se ha mostrado crítico con sus actos y sincero en las disculpas con aquellos a los que pueda haber herido de verdad. Igualito que la manera en que suelen afrontar las crisis aquellos que tanto le han criticado.

Me alegra que alguien así permanezca en el Ayuntamiento, porque seguro que nos podrá hacer mucho bien a todos.

10. Vuelvo, por último, a aquellos que ayer ya anunciaban que si Carmena prescindía de Guillermo Zapata habría sido la política que menos tarda en decepcionarles. Espero que hayan cambiado de opinión, porque si no volveremos a recaer en el infantilismo de la izquierda del que hablaba José Mujica, aquel que confunde lo que las cosas son con lo que deberían ser.

A Carmena la hemos votado para que las cosas lleguen a ser como nosotros creemos que deben, no porque por arte de magia, por su simple toma de posesión, vayamos a vivir en una sociedad distinta a la que vivíamos hace dos semanas. Depositar tu confianza en alguien no se limita al momento inicial, sino a un recorrido más largo. Si en la primera curva del trayecto ya queremos bajarnos del coche porque Manuela ha girado por una calle distinta a la que nosotros hubiéramos tomado, no llegaremos a ningún sitio. Permanezcamos unidos y confiemos en nuestra conductora, confiemos en que nos deje en un lugar mejor que el que estamos ahora.

miércoles, 20 de mayo de 2015

Esperanza Aguirre o la desvergüenza infinita del fascismo.


El 17 de julio de 1936, Esperanza Aguirre, una general derechista del ejército español, se alzó en armas en Melilla contra el gobierno republicano democráticamente elegido, iniciando una sublevación militar que se extendió al resto de España mediante una sangrienta guerra civil que culminaría con la victoria de los rebeldes. Se mantuvo en el poder hasta 1975.

España no fue, sin embargo, el primer país europeo en el que Aguirre triunfaba. Desde 1922 gobernaba en Italia, cuando marchó sobre Roma junto a sus camisas negras en un indisimulado golpe de Estado que contó con la complicidad y la cobardía de la aristocracia italiana. También dominaba Alemania, en la que su victoria democrática de 1933 no pudo disimular durante mucho tiempo su auténtica naturaleza: totalitaria, violenta y criminal.

Durante la Guerra Fría, al frente de la CIA, Esperanza Aguirre contribuyó a derrocar a varios líderes latinoamericanos apoyando a militares golpistas y estableciendo gobiernos títere allí donde pudo: Guatemala, Nicaragua, Argentina… El 11 de septiembre de 1973, toma el poder en Chile después del asesinato de su legítimo presidente, Salvador Allende. Se mantuvo en el poder hasta 1990, gracias, entre otras cosas, al apoyo de Reino Unido (gobernado desde 1979 por Esperanza Aguirre, a la que quizás recordéis por ahogar a la clase obrera británica y recortar sus servicios públicos) y Estados Unidos (gobernado desde 1981 por Esperanza Aguirre, célebre por su ideología ultraconservadora, reducir al mínimo los gastos sociales y disparar los armamentísticos).

Si pensáis que ninguno los hechos anteriormente relatados fueron llevados a cabo por Esperanza Aguirre, he de deciros que os equivocáis: el fascismo es Esperanza Aguirre y Esperanza Aguirre es el fascismo. El más desvergonzado que jamás hayamos conocido.

Aquellos que somos tímidos podemos pensar en el pudor como un mecanismo de defensa que nos salva de hacer el ridículo. Y, en cierto modo, lo es. Pero también es un lastre que en ocasiones te impide alcanzar tu objetivo: todo pudoroso recordamos alguna noche de fiesta en la que, acodados en la barra, conservamos la dignidad intacta, mientras algún amigo desvergonzado se llevaba a casa a la chica que nos gustaba tras ponerse en evidencia con algún baile ridículo. Es por eso que he llegado a pensar que la falta de vergüenza puede ser un salto evolutivo. Pero el caso de Aguirre es distinto.

Igual que algunas plantas y animales cuentan con el veneno como ventaja evolutiva a la que aferrarse para su supervivencia, la alimaña de Esperanza Aguirre se sirve de su desvergüenza para prosperar en el fango en el que acostumbra a moverse.

En la presente campaña electoral hemos visto a Aguirre hacer el ridículo con más ganas que nunca. La hemos visto disfrazada de chulapa:


 La hemos visto cantando en El hormiguero:


Disfrazada de tenista en la Carrera por la Alcaldía (WTF):


Guitarra al hombro disfrazada de rock star:


 Montada sobre una bici:


Incluso la hemos visto disfrazada de persona a la que no le dan asco los negros:


En esta loca escalada de disfraces más propia de un homenaje a Mortadelo, la hemos visto disfrazarse incluso de entrañable sexagenaria, ella que es el ser más chulo, maleducado y matón que jamás hayamos visto.


(A propósito de esto,no todo el mundo lo sabe, pero Esperanza Aguirre vive en plena Malasaña, en un barrio donde se la detesta con especial ahínco y en el que difícilmente puede hacer vida de calle. Mi teoría es que si vive ahí y no en otras zonas en las que incluso la llegarían a adorar -Barrio de Salamanca, Chamberí…- es por su chulería. Su forma de decirnos “os jodéis, que de aquí no me muevo”).

Hemos visto cómo se preguntaba por la prohibición de tocar músico en vivo en muchos locales para descubrir que quien aprobó dicha ley en Madrid fue ella.

La hemos visto reclamar programas a los partidos adversarios cuando ella se presenta sin otro que diez puntos vagos esbozados en una cuartilla.

La hemos visto criticar una posible coalición de las demás fuerzas políticas por ser “una coalición de perdedores” cuando ella alcanzó el poder solo gracias a la compra de dos diputados socialistas corruptos (nunca hay que olvidar que ese fue el punto de partida de la supuesta imbatibilidad de Aguirre).

La hemos visto hacer bandera del imperio de ley después de darse a la fuga de varios policías y casi atropellar a uno de ellos (me intriga mucho cuándo militares –YAK42- y policías se darán cuenta de que son un mero instrumento en manos de la derecha).

La hemos visto proclamarse liberal y criticar las mamandurrias (en referencia a las subvenciones y sueldo públicos), cuando ella lleva viviendo de nuestro dinero toda su vida y tiene colocada a media familia.

La hemos visto decir que si Podemos gana las elecciones no volveremos a votar libremente, cuando ella y su partido manipulan televisiones públicas, llevan a ancianos seniles a votar y modifican las leyes electorales en su beneficio.

En definitiva, si estamos viendo la versión más desvergonzadamente ridícula y mentirosa de Aguirre, es porque siente el aliento de la derrota en la nuca como no lo había hecho antes. Y es por eso que ha intentado recuperar la cómica versión de sí misma que construyó en los 90, cuando apareció en Caiga quien caiga caricaturizada como una bobita entrañable. Entonces, Esperanza Aguirre invirtió la propuesta de Marx y se nos presentó primero como farsa, y después como tragedia. Hoy la farsa es aún mayor si cabe, y apenas podemos llegar a imaginar la dimensión de la tragedia que se nos vendrá encima si gana.

En nuestras manos está que la historia no vuelva a repetirse. En nuestras manos está que el fascismo muera en Madrid.

lunes, 11 de mayo de 2015

Mi amigo culé, Pep Guardiola y la llama eterna del amor verdadero.


A mi amigo culé le dejó la novia el mismo día en que Pep Guardiola anunciaba su marcha del Barcelona, y desde entonces no puede pensar en el uno sin hacerlo también en la otra.

No es que Marta, que así se llama su ex, fuese el primer amor de su vida. Antes de ella hubo algunas otras a las que amó con locura, que le hicieron inmensamente feliz por momentos y terriblemente desdichado en más de una ocasión. Estuvo Gabi, con la que empezó en primero de Bachillerato. Toda una conquista: una chica mucho más guapa que lo que jamás hubiera podido soñar a aspirar mi amigo y sosa como la dieta de un enfermo terminal, con la que ni siquiera llegó a las navidades del primer año universitario al enrollarse ella con un compañero de clase de ADE.

También hubo una francesa de la que no recuerdo el nombre, cinco años mayor que nosotros, que vino a España a completar su tesis en Historia del Arte. La chica respondía hasta tal punto al estereotipo de manic pixie dream girl, que era complicado no pensar que formara parte de un programa de la concejalía de turismo de la capital francesa que buscase perpetuar la irresistible imagen de las chicas parisinas más allá de sus fronteras. La conoció al poco de su llegada y prolongaron el idilio durante toda la beca: diez meses de ensueño en los que él necesitó muy poco para convencerse de que había encontrado a la mujer de su vida, mientras que ella se cepillaba a toda la pandilla. El despertar no fue bonito.

Antes del fin de ese verano, siendo mi amigo aún un cadáver andante, conoció a Marta. Como decía, mi amigo ya había amado antes, y lo ha hecho después, pero nunca de esa forma. Y algo parecido le sucede con el fútbol y con Pep Guardiola.

Mi amigo era el culé de la clase cuando éramos pequeños. No era el único aficionado del Barcelona, pero ninguno lo vivía con la pasión con la que lo hacía él. Por aquella época, ser del Barça poco o nada tenía que ver con subirse al caballo ganador o el gusto casi ascético por la excelencia futbolística. Sí, habíamos presenciado al Barcelona de Cruyff, pero éramos demasiado pequeños como para que fuese poco menos que una leyenda, una realidad no vivida realmente.

Cuando realmente empezamos a enterarnos de qué iba la cosa fue en las ligas de Valdano para el Madrid, de Antic para el Atleti y de Capello, de nuevo para el Madrid. Y no, no es fácil seguir interesándote por el fútbol cuando en tus primeros años Ronaldo llega a tu equipo y te dura solo una temporada.

A pesar de ello, mi amigo conseguía llegar ilusionado cada primer día de clase y nos relataba los temibles fichajes a los que tendríamos que enfrentarnos ese año: Sonny Anderson, Giovanni, Litmanen, Zenden, Overmars, Petit, Alfonso, Gerard, Saviola, Rochemback… Parece mentira, pero algunos de esos jugadores contribuyeron, incluso, a los dos dobletes consecutivos de Van Gaal. Pero no hubo nada bello en aquellas victorias, nada realmente memorable, y mi amigo lo sabe hoy.

Hay pocas cualidades que valore más en la vida que la lealtad. Para mí, es un fin en sí misma: nadie merece mayor castigo que quien traiciona a los suyos, nadie mayor gloria que quien les es fiel. Pero para seguir viendo los partidos del Barça cada domingo en la esperpéntica época de Gaspart hacía falta algo más que lealtad, hacía falta un optimismo casi enfermizo.

En el verano de 2002, mi amigo llevó su optimismo enfebrecido a límites nunca imaginados de dos maneras muy distintas: primero, confiando en que el regreso de Van Gaal y los fichajes de Riquelme, Mendieta, Enke y Sorín harían al Barça campeón; segundo, iniciando una relación a distancia con el corazón aún roto, con alguien a quien apenas conocía en realidad y pocas semanas después de que la francesa se marchase sin despedirse. Por cierto, el destino Erasmus de Marta no era otro que París.

Durante la temporada 2002/2003, mi amigo culé viajó con tanta frecuencia a la capital francesa que terminó entablando amistad con los parroquianos de la taberna en la que, como mínimo, un fin de semana al mes, veía estrellarse al equipo de Van Gaal. Llegado junio, el Barcelona sólo consiguió clasificarse para la UEFA, Marta regresó a Madrid y empezó a buscar piso con mi amigo. Estuvieron juntos nueve años.

Cuando el sorteo de la Champions hizo coincidir al Barcelona y al Bayern en las semifinales de la presente edición, mi amigo tuvo la misma sensación que cuando abrió el mensaje en el que Marta le proponía quedar meses después de haberlo dejado: terror.

Ambos encuentros no solo enfrentaban al Barcelona y a mi amigo con su pasado y con los principales responsables de su felicidad (futbolística y amorosa), sino también con los protagonistas y, en cierto modo, autores de la mejor versión de él mismo (y del Barça) que nunca había existido. Igual que Pep no era solo ganar, sino la forma de ganar, amar a Marta no era solo amar, sino la forma de hacerlo.

Un día, a finales de abril, después de una mala temporada, Marta sentó a mi amigo en la cocina y le dijo: "me voy, porque si sigo, acabaremos haciéndonos daño". No sería la última vez que escucharía esas palabras aquel día.

Entonces pasó por una etapa bastante complicada, pero ha vuelto a estar con chicas e incluso a enamorarse. Más tarde pasó por una etapa aún peor (la del Tata Martino), pero ha vuelto a ilusionarse y a celebrar los goles de Messi. Los respectivos cruces suponían la prueba de fuego de la recuperación.

Hay quien va al encuentro de su ex con ganas de revancha, con voluntad exterminadora, pero ya digo que mi amigo no es así, que mi amigo es leal. Es por eso que el miércoles pasado, cuando el Bayern perdió 3-0, él no sintió alegría alguna. Demasiado castigo le parecía para quien le había dado tanto.

Ahora, al pensar en el partido de vuelta, quizás no llegue a desear que pase el Bayern, pero sí que quiere que ganen y que hagan uno de esos míticos partidos con Pep al mando en el que la derrota acaba adquiriendo un valor moral muy superior a la victoria.

Del reencuentro con Marta, mi amigo salió derrotado por razones de las que no me ha querido hablar. Sí que me explicó, sin embargo, que hasta ese día sentía que ella le había arruinado el amor para siempre porque nunca amaría a nadie como lo había hecho cuando estaban juntos. Al oírlo, me di cuenta de que no era la primera vez que escuchaba esa expresión en boca de mi amigo; la había repetido en infinidad de ocasiones anteriores solo que aplicada al fútbol y con Pep Guardiola como protagonista.

Mi amigo culé es un optimista enfermizo y ya no se pregunta si volverán tiempos tan buenos como los pasados. Simplemente se alegra de haberlos vivido.

miércoles, 29 de abril de 2015

The Wire vs. Juego de Tronos: Cómo Podemos perdió el rumbo en la sección de DVDs de unos grandes almacenes.


Hace un par de semanas, todos los periódicos y telediarios destacaron entre sus noticias el regalo que Pablo Iglesias hizo al rey Felipe VI en su visita al Parlamento Europeo: los DVD’s de la serie Juego de Tronos. Es curioso cómo en ocasiones el más superficial de los síntomas puede ser el que con mayor claridad exponga la enfermedad contraída.

Evidentemente, el hecho de que el líder de Podemos decidiera romper el protocolo del encuentro para hacer una especia de proclama política, en absoluto me parece mal, si bien, la forma en que decidió hacerlo me hace recordar la entrevista a Pepe Mujica en Salvados. En ella, el expresidente uruguayo decía que la patología de la izquierda es el infantilismo, patología que se manifiesta con especial virulencia en el caso de Pablo Iglesias, que semana sí, semana también, decide romper el vergüenzajenómetro de sus posibles votantes con estos actos más propios de un niño de catorce años que acaba de descubrir al Che Guevara que de un líder supuestamente revolucionario.

Quiero decir, que puestos a romper el protocolo con un acto simbólico, regálale una tricolor, una antología de ensayos de Manuel Azaña o un listado de los muertos republicanos aún pendientes de identificación junto a una copia de la insatisfactoria (y aun así, no del todo aplicada) Ley de Memoria Histórica. O niégale el saludo al no reconocer a una institución antidemocrática y arcaica. O regálale un DVD de Hostal Royal Manzanares si es que de verdad quieres ser transgresor y original. O el DVD de la que hasta hace no tanto parecía tu serie de cabecera y a la que mencionabas a la menor oportunidad: The Wire.

Curiosamente, la serie creada por David Simon (de la que en absoluto se puede decir que sea minoritaria, pero que tampoco es tan popular como la inspirada en los libros de George R. R. Martin) ha vuelto a la actualidad estos días a partir de los conflictos raciales que están teniendo lugar en Baltimore, ciudad en la que se situaba la acción de The Wire, cuyo punto de partida precisamente está muy vinculado al choque entre la policía y la población negra: el trapicheo de drogas, los abusos y negligencias de parte de los primeros, la falta de alternativas reales para los segundos, la violencia como caldo de cultivo en el que crecen las nuevas generaciones, los intereses políticos particulares como obstáculo que frena las posibles soluciones…

Como decía, hasta no hace mucho el líder de Podemos no perdía la oportunidad de mencionar a The Wire cada vez que era preguntado por sus gustos e intereses, y no era para menos, puesto que se trata de uno de los análisis más certeros, profundos y completos que ninguna obra de ficción haya hecho del capitalismo en las últimas décadas. Prácticamente todo está en The Wire: la violencia institucional, los excluidos del sistema, el proletariado precario, la educación deficiente y cortoplacista, el deterioro de los medios de comunicación, los intereses particulares de las élites… En la tradición del mejor film noir americano, el retrato que la obra de Simon (y Ed Burns, y George Pelecanos, y David Mills, y Richard Price…) hace del capitalismo como la inevitable tragedia urbana de nuestro tiempo es incontestable.

Frente a esto, tenemos a Juego de Tronos, que, sinceramente,  es una serie fantástica que me encanta, pero que no deja de ser un culebrón con dragones (pocos), asesinatos (muchos) y desnudos (cada vez menos). El contenido político que Pablo Iglesias le atribuye es terriblemente superficial y poco o nada aplicable a la realidad española, más allá de su insistencia en reconocerse en la Khaleesi, lo que en todo caso no hace sino insistir en la preocupante e infantil imagen mesiánica que el líder de Podemos tiene de sí mismo.

¿Qué encontramos entonces cuando comparamos ambas obras? Una notable rebaja ideológica en sus respectivos contenidos que camina paralela a la adaptación para todos los públicos que Podemos ha hecho de muchas de sus propuestas y que le han valido los reproches de muchos de quienes desde un principio les apoyaban (el análisis que hace Ángel Cappa en este artículo para eldiario.es, más allá de su gusto por la retórica, es espectacular; además de lo mucho que me flipa que sea el segundo de Valdano quien se alce como una de las voces más indisimuladamente radicales del periodismo de nuestro país).

Al principio de su boom mediático y preguntado por su afán de ocupar la centralidad del tablero político español, Pablo Iglesias decía que uno se desnuda para follar, pero quea ligar se va vestido (declaraciones que me siguen pareciendo escandalizantes por el poco crédito que dan al criterio de los votantes). Y por eso cubrió sus revolucionarias propuestas iniciales con un bonito vestido socialdemócrata que no escandalizase a la familia del novio. Así, por el camino se fueron el proceso constituyente, la auditoría a la deuda, la renta básica…

Y, efectivamente, la idea podía no ser mala y durante un par de meses pareció funcionar en las encuestas… hasta la llegada de Ciudadanos, que se presentó a la fiesta con el mismo vestido, ocultando en este caso una aterradora figura neoliberal que parece poner bastante cachondo al poder establecido y que tiene todas las papeletas para acabar formando una alianza con el PP o el PSOE, o ambos, que deje todo como estaba.

Llegados a este punto en el que empezamos a sospechar que no tenemos nada que ganar, y sabiendo como sabíamos que no tenemos nada que perder, lo último que queremos es un líder socialdemócrata que regale DVDs a la monarquía. Lo que necesitamos es un líder que se inspire en Baltimore, bien para poner sus ojos en The Wire, bien para hacerlo en las barricadas y los coches patrulla incendiados. Ha llegado el momento de quitarse la ropa.

jueves, 9 de abril de 2015

Sin perdón: Sobre la 'justicia' de Ciudadanos y la 'venganza' de Podemos.


Empezar un artículo compartiendo la escena final de la famosa película de Clint Eastwood y defender su monólogo rebosante de odio como único faro moral válido en estos tiempos de urgencia son síntomas claros de una flipadez importante. A pesar de ello, lo hago, lo defiendo y lo mantengo.


“Ciudadanos quiere justicia y Podemos quiere venganza”. Durante los últimos meses, en el tiempo transcurrido entre que la opción de que Ciudadanos se transformase en el Podemos de la derecha pasase de ser una posibilidad bastante remota a una realidad cada vez más amenazante, Albert Rivera repitió este eslogan en todos los medios en los que le dejaron. Imagino que porque “Ciudadanos: el cambio para que todo siga igual”, mucho más certero en la descripción del partido y sus intereses, no resultaba igual de rentable en términos electorales.

Hay dos circunstancias de la naturaleza humana de las que Ciudadanos saca especial partido:

1. A los humanos nos gusta engañarnos a nosotros mismos. Cuando alguien es capaz de desarrollar un producto de la naturaleza de la nata desnatada, colocarlo en las estanterías de los supermercados y  que la gente lo compre sin vergüenza, no es de extrañar que a la hora de hacer unas elecciones, haya quien se plantee que un Podemos despodemizado (“Todo la novedad de Podemos, pero sin tíos con coleta, con pijas buenorras fritas a rayos UVA y sin medidas que asusten a los mercados”) pueda tener el éxito que efectivamente está teniendo.

Y esto es así porque, en el momento en que dejamos de ser homo sapiens para convertirnos en homo consumus (alarma de sociología barata a punto de dispararse, sí), es mucho más fácil que nos cuelen un producto por su aparente atractivo, aun cuando no satisfaga ninguno de nuestros intereses. Me explico: si quieres comer nata por su sabor y su textura, come nata; si no puede hacerlo por su exceso de calorías, búscate una receta más adecuada a tus necesidades. Pero la nada desnatada, no nos dará el rico el resultado que encontraríamos en la original, y sí el montonazo de calorías que en principio queremos evitar. Queremos comer nata y no engordar, y todo no se puede ser. Y esto es así porque…

2. A los humanos nos cuesta reconocer nuestras bajas pasiones. Decir que quieres justicia es algo socialmente aceptado. Pero es que igual resulta que queremos venganza. Y no, no tiene nada malo.

Podríamos ahora adentrarnos en una larga disertación sobre dónde colocar la fina línea que separa a la justicia de la venganza. Personalmente, llegados a cierto punto, creo que son difícilmente distinguibles. Especialmente, cuando venimos de décadas en las que el falso argumentario que distinguía entre ambas invitaba siempre a los mismos a ceder en sus posturas y aproximarse a las de los otros. Así se hizo con el fin del franquismo, así se hizo con la refundación en falso del capitalismo, y en ambas ocasiones, aquellos que hacían propósito de enmienda cuando se veían entre la espada y la pared, nos la volvieron a clavar.

A la hora de examinar la justicia propuesta por Ciudanos, partido que insiste en el infantil argumento de ser “un partido de la gente”, conviene hacerse una pregunta bien sencilla y que pocas veces falla: ¿A quién beneficia?

A Ciudadanos lo apoyan Isabel San Sebastián, Pedro J. Ramírez, Hermann Tertsch, Eduardo Inda y Alfonso Rojo; la patronal FEDEA, fundada por el Bando de España y presidida por el director del Banco Sabadell y que integra a las principales cabezas del IBEX 35 (Abertis, BBVA, Banco Sabadell, Banco de España, La Caixa, Iberdrola, Bolsa de Madrid, Fundación Ramón Areces, BANKIA, Banco Santander, Repsol, Corporación Financiera Alba, S.A., Telefónica y Fundación ACS). También los apoya el Banco Popular, con cuyo crédito financiaron su campaña en Andalucía y medios como El Mundo y Libertad Digital. Ah, y también varios tertulianos de Jugones. Me cuesta ver cómo mis intereses van a coincidir con ninguna de estas personas. Especialmente con los últimos.

La justicia que propone Ciudadanos vuelve a parecerse demasiado a un acuerdo extrajudicial en el que el agresor es el beneficiado y puede seguir haciendo de las suyas mientras que el agredido celebra las migajas: neoliberalismo económico, deterioro de las condiciones laborales en beneficio de las grandes empresas, sometimiento a los mercados, ultranacionalismo español y xenofobia.

No soy un gran fan de Podemos en general (salvo algunas excepciones), ni de Pablo Iglesias en particular. En repetidas ocasiones he manifestado mi intención de votar por Alberto Garzón, cuyo ideario y claridad comparto frente a las muchas ambigüedades y medias verdades del partido de los círculos.

Ahora bien, entre el cambio y el recambio, la venganza de Podemos o la justicia de Ciudadanos, no tengo duda. Me quedo con la primera. Ser misericordioso con aquellos que se mostraron despiadados con nosotros es un lujo que ni puedo ni me quiero permitir.

martes, 24 de marzo de 2015

Florentino Pérez, patrón de los españoles.


Tú no lo sabes, pero Florentino Pérez es tu jefe. Esto es así no solo porque Florentino, como empresario español más influyente de los últimos años, sea el jefe de todos nosotros, sino también porque todos los demás jefes españoles (no aquellos a los que reportamos, sino los que en verdad están al mando) son, en mayor o menor medida, Florentino.

Asumido que tu auténtico jefe es quien es, te quedan dos opciones: ser Butragueño y proclamar sin ningún tipo de pudor su condición de “ser superior”; o ser Camacho y hacer el trabajo para el que se te ha contratado, aunque suponga poner en evidencia su falibilidad.

Si se opta por la primera de las opciones, realizando unas declaraciones en las que resulta difícil determinar dónde termina la ingenuidad y dónde empieza la sumisión, lo normal sería haber quedado socialmente inhabilitado para desempeñar cualquier cargo de responsabilidad en ninguna empresa seria (menos aún para ser su portavoz, especialmente cuando el Señor no te ha llamado por el camino de la oratoria). Sin embargo, fue el segundo el que tuvo que emigrar a China para seguir trabajando.

Cabría esperar que un mandatario al que la sociedad tiene en tan alta estima valorase más el criterio profesional de la persona sobre la que ha delegado responsabilidades esenciales en su empresa (aun cuando sea un criterio distinto al suyo), que la adulación servil de aquellos a los que solo les interesa seguir en nómina. Cabría esperarlo de un mandatario cuerdo, pero Florentino Pérez está loco.

Si esa afirmación la hago yo, se puede decir que estoy meando fuera del tiesto, pero si quien la hace es Albert Einstein, igual hay que darle algo de crédito. “Locura es hacer lo mismo una vez tras otra y esperar resultados diferentes”, dijo el científico, en una frase que describe tan bien al votante español como al presidente madridista.

Florentino Pérez ya dimitió una vez del Madrid después de despreciar al entrenador que le hizo campeón y de haber fichado a numerosas estrellas que solo podían jugar en el último cuarto del campo (no sin antes achacar su renuncia a la actitud de sus jugadores, a los que había consentido demasiado, famoso como es él por su infinita generosidad). Sin embargo, el recuerdo de aquel fracaso no ha impedido que repita la misma táctica en su segunda etapa al frente del equipo.

Con el innato desdén que en España sienten los señoritos hacia quien está a pie de obra (“no me van a decir a mí lo que tengo que hacer un señor de Salamanca y un campesino parmesano por muchas Copas de Europa que sumen entre los dos”), Florentino me recuerda a un rey absolutista al que el contacto con los cortesanos y sus propios delirios de grandeza le han hecho perder el contacto con la realidad. Así, el distinguido monarca no sale de su asombro ante el vulgar menú que Carlo Ancelotti le presenta a diario: arroz con conejo. Todos los días y sin excepción, en lugar de su ansiado arroz con bogavante.

Él quiere deslumbrar, quiere jugar al toque y no a la contra, y para ello no repara en gastos. Todas las mañanas, sin excepción, se calza las botas, coge su escopeta, sale al campo y caza un par de bogavantes peludos y de largas orejas recién salidos de sus madrigueras. Y aún con esos ingredientes, el cocinero parece incapaz de ofrecerle nada que no sea un vulgar arroz con conejo.

Bale, disfrazado de bogavante, seduce a Florentino. 

Cuando, por algún milagro bioquímico, llega el día en que Ancelotti consigue hacer un arroz con conejo con la textura, apariencia y sabor del arroz con bogavante, Florentino se atribuye el mérito, sin dejar de hacerse cruces por las muchas veces en las que la torpeza del cocinero malogró el plato.

Esta actitud me recuerda a las primeras palabras que el nuevo jefe de un amigo dedicó a la plantilla en su presentación: “a partir de hoy todo lo malo que pase será vuestra responsabilidad y todo lo bueno, mérito mío” (aunque tal cinismo al hablar recuerda más a un Mourinho, imprescindible secuaz en el que el señorito delega el trabajo sucio para conservar su aire señorial).

Efectivamente, tomar decisiones de más de nueve cifras ha de provocar un vértigo tremendo, y la mejor actitud a la hora de afrontarlas es la del antiguo jefe de mi amigo: si sale bien, yo gano; si sale mal, pagáis todos. Esa es la máxima por la que se guía Florentino, que puede hacer todas las piruetas que le vengan en gana con la tranquilidad de disponer de una red que sujetamos entre todos. Así sucedió con la indemnización de 1.350 millones dadapor el Gobierno a ACS por el fracaso del proyecto Castor (y que convierten en una broma los 22 millones de euros de más que el ayuntamiento de Madrid pagó alclub por unos terrenos).

Pérez hace sus negocios, pone y dispone con la tranquilidad que da jugar con las cartas marcadas y saber que la Historia la escriben los vencedores. Pero ese poder absoluto no impide que Florentino sufra lo indecible cada vez que recibe una crítica.

Muchos medios son del Madrid, pero no todos”, se lamentaba amargamente y sin ruborizarse lo más mínimo en una rueda de prensa hace un par de semanas, presentando tal obviedad como quien expone una injusticia racionalmente inconcebible. “¿Cómo puede haber medios que no sean del Madrid, SI SOY VUESTRO JEFE?”, parecía pensar.

El presidente blanco no tiene bastante con que la mayoría de medios generalistas se cuiden muchísimo de mencionar irregularidad o inmoralidad alguna en los negocios de la constructora ACS, sino que cualquier voz disconforme con su gestión del Madrid o que señale su instrumentalización en beneficio de sus propios intereses es señalada como un ataque desestabilizadora manos de locos disidentes.

Florentino no entiende por qué el Banco Santander puedecomprar la potada de los siete diarios nacionales de mayor tirada, y él no puede hacer lo mismo. Si acaso con ACS, pero no con el Madrid, porque los españoles, combativos como somos, no permitiríamos que ningún diario nos diga a qué equipo debemos apoyar.

Y esa es la tragedia de Florentino, que es nuestro jefe, pero no se le puede notar. Salvo en algún lapsus.

jueves, 12 de marzo de 2015

Las vidas inventadas.


Un verano al volver de las vacaciones, en esos primeros días de clase en los que el recreo se convierte en una competición por ver quién se ha divertido más, decidiste inventarte que habías perdido la virginidad. Tenías dieciséis años y muchos de tus amigos ya habían pasado por ese rito iniciático que en tu caso parecía no llegar nunca y que empezaba a pesarte como una losa.

Tu breve temporada en los alevines del Atlético de Madrid, tu tío el astronauta, la vez en que compartiste vagón con Alejandro Sanz en el metro o esa chica de tu pueblo con la que te besabas los veranos... No era la primera vez que te inventabas alguna historia, no.
Pero racionalizaste tu arrebato creativo decidiendo que, más que una mentira, era un adelanto de la verdad. Al fin y al cabo, era algo que tarde o temprano tendría que suceder y a nadie hacías daño anticipando su relato.

Soltaste la primicia a tu mejor amigo como sin darle importancia, mientras apretujabas el papel de plata que había envuelto tu bocadillo de tortilla, con la indiferencia impostada de quien ya está suficientemente experimentado en el sexo como para relativizar su importancia.

Los detalles, vagos de inicio, fueron en aumento de manera tan natural como calculada: ¿Quién? Alba te pareció un nombre suficientemente sencillo como para no olvidarlo en las sucesivas ocasiones en que relatarías la historia, y no tan común como para estar carente de encanto. ¿Cuándo? A principios de agosto. Alba había venido de vacaciones a tu pueblo invitada por una conocida tuya que también veraneaba allí. ¿Dónde? En un campo cerca del río al que os escapasteis en la noche de las fiestas. ¿Cómo? La prudencia invitaría a no abundar en detalles en este sentido, que era donde más traspiés podías tener, pero poco o nada sabías tú por aquel entonces de ‘excusatio non petita, accusatio manifesta’ y terminaste por lanzarte al barro relatando como Alba te pidió que acabases en su boca instantes antes de ser pillados por la chica con la que solías besarte en los veranos anteriores, lo que derivó en una discusión de celos tan cómica como erótica.

Pensabas que los detalles eran los que dan veracidad y cuerpo a una mentira, cuando en realidad son todo lo contrario: los pasos en falso que terminan por desenmascararte. A pesar de ello, la historia te acompañó durante varios años y, si cometiste algún desliz, lo disimulaste con suficiente agilidad como para que nadie lo notase (eso, o quien sospechase tuvo el reparo de no bucear en tus lagunas).

El tiempo pasa, cambiamos de grupos de amigos y se buscan nuevos mitos y leyendas individuales sobre los que construir la identidad colectiva. Así, tu verdadera primera vez pasó a ser tu primera vez, una historia sin Alba, ni río, ni discusiones con semen en la boca; con su propio encanto y que, en realidad, recuerdas peor que la inventada.

Volviste a pensar en ello hace unos días, cuando el caso de la actriz Anna Allen, con su falso paso por los Oscars y su carrera ficticia. Llegaste a varias conclusiones:

1. Gracias a Dios que en tu juventud no existían redes sociales: la tentación megalómana de compartir tu invención a gran escala puede ser tan grande como complicado el que pase la prueba del algodón de la exposición pública.

2. Limita tu invención a las disciplinas para las que tengas talento: si eres bueno relatando, pero no con las imágenes, relata; si eres hábil con el photoshop, pero no con las palabras, edita. Si no eres especialmente hábil con nada, contrata a un gabinete de comunicación.

3. Simpatía absoluta por mentirosos y fabuladores, no confías en aquellos que siempre dicen la verdad y tu mayor ídolo en la Tierra es aquel que inventó y extendió el rumor de Ricky Martin, el armario, la niña y la mermelada en la era preinternet.

4. Miente, pero nunca te creas tus propias mentiras. Es el punto de no retorno.

5. Aquellos incapaces de imaginar una vida mejor, no merecen una vida mejor de la que tienen.