miércoles, 29 de abril de 2015

The Wire vs. Juego de Tronos: Cómo Podemos perdió el rumbo en la sección de DVDs de unos grandes almacenes.


Hace un par de semanas, todos los periódicos y telediarios destacaron entre sus noticias el regalo que Pablo Iglesias hizo al rey Felipe VI en su visita al Parlamento Europeo: los DVD’s de la serie Juego de Tronos. Es curioso cómo en ocasiones el más superficial de los síntomas puede ser el que con mayor claridad exponga la enfermedad contraída.

Evidentemente, el hecho de que el líder de Podemos decidiera romper el protocolo del encuentro para hacer una especia de proclama política, en absoluto me parece mal, si bien, la forma en que decidió hacerlo me hace recordar la entrevista a Pepe Mujica en Salvados. En ella, el expresidente uruguayo decía que la patología de la izquierda es el infantilismo, patología que se manifiesta con especial virulencia en el caso de Pablo Iglesias, que semana sí, semana también, decide romper el vergüenzajenómetro de sus posibles votantes con estos actos más propios de un niño de catorce años que acaba de descubrir al Che Guevara que de un líder supuestamente revolucionario.

Quiero decir, que puestos a romper el protocolo con un acto simbólico, regálale una tricolor, una antología de ensayos de Manuel Azaña o un listado de los muertos republicanos aún pendientes de identificación junto a una copia de la insatisfactoria (y aun así, no del todo aplicada) Ley de Memoria Histórica. O niégale el saludo al no reconocer a una institución antidemocrática y arcaica. O regálale un DVD de Hostal Royal Manzanares si es que de verdad quieres ser transgresor y original. O el DVD de la que hasta hace no tanto parecía tu serie de cabecera y a la que mencionabas a la menor oportunidad: The Wire.

Curiosamente, la serie creada por David Simon (de la que en absoluto se puede decir que sea minoritaria, pero que tampoco es tan popular como la inspirada en los libros de George R. R. Martin) ha vuelto a la actualidad estos días a partir de los conflictos raciales que están teniendo lugar en Baltimore, ciudad en la que se situaba la acción de The Wire, cuyo punto de partida precisamente está muy vinculado al choque entre la policía y la población negra: el trapicheo de drogas, los abusos y negligencias de parte de los primeros, la falta de alternativas reales para los segundos, la violencia como caldo de cultivo en el que crecen las nuevas generaciones, los intereses políticos particulares como obstáculo que frena las posibles soluciones…

Como decía, hasta no hace mucho el líder de Podemos no perdía la oportunidad de mencionar a The Wire cada vez que era preguntado por sus gustos e intereses, y no era para menos, puesto que se trata de uno de los análisis más certeros, profundos y completos que ninguna obra de ficción haya hecho del capitalismo en las últimas décadas. Prácticamente todo está en The Wire: la violencia institucional, los excluidos del sistema, el proletariado precario, la educación deficiente y cortoplacista, el deterioro de los medios de comunicación, los intereses particulares de las élites… En la tradición del mejor film noir americano, el retrato que la obra de Simon (y Ed Burns, y George Pelecanos, y David Mills, y Richard Price…) hace del capitalismo como la inevitable tragedia urbana de nuestro tiempo es incontestable.

Frente a esto, tenemos a Juego de Tronos, que, sinceramente,  es una serie fantástica que me encanta, pero que no deja de ser un culebrón con dragones (pocos), asesinatos (muchos) y desnudos (cada vez menos). El contenido político que Pablo Iglesias le atribuye es terriblemente superficial y poco o nada aplicable a la realidad española, más allá de su insistencia en reconocerse en la Khaleesi, lo que en todo caso no hace sino insistir en la preocupante e infantil imagen mesiánica que el líder de Podemos tiene de sí mismo.

¿Qué encontramos entonces cuando comparamos ambas obras? Una notable rebaja ideológica en sus respectivos contenidos que camina paralela a la adaptación para todos los públicos que Podemos ha hecho de muchas de sus propuestas y que le han valido los reproches de muchos de quienes desde un principio les apoyaban (el análisis que hace Ángel Cappa en este artículo para eldiario.es, más allá de su gusto por la retórica, es espectacular; además de lo mucho que me flipa que sea el segundo de Valdano quien se alce como una de las voces más indisimuladamente radicales del periodismo de nuestro país).

Al principio de su boom mediático y preguntado por su afán de ocupar la centralidad del tablero político español, Pablo Iglesias decía que uno se desnuda para follar, pero quea ligar se va vestido (declaraciones que me siguen pareciendo escandalizantes por el poco crédito que dan al criterio de los votantes). Y por eso cubrió sus revolucionarias propuestas iniciales con un bonito vestido socialdemócrata que no escandalizase a la familia del novio. Así, por el camino se fueron el proceso constituyente, la auditoría a la deuda, la renta básica…

Y, efectivamente, la idea podía no ser mala y durante un par de meses pareció funcionar en las encuestas… hasta la llegada de Ciudadanos, que se presentó a la fiesta con el mismo vestido, ocultando en este caso una aterradora figura neoliberal que parece poner bastante cachondo al poder establecido y que tiene todas las papeletas para acabar formando una alianza con el PP o el PSOE, o ambos, que deje todo como estaba.

Llegados a este punto en el que empezamos a sospechar que no tenemos nada que ganar, y sabiendo como sabíamos que no tenemos nada que perder, lo último que queremos es un líder socialdemócrata que regale DVDs a la monarquía. Lo que necesitamos es un líder que se inspire en Baltimore, bien para poner sus ojos en The Wire, bien para hacerlo en las barricadas y los coches patrulla incendiados. Ha llegado el momento de quitarse la ropa.

jueves, 9 de abril de 2015

Sin perdón: Sobre la 'justicia' de Ciudadanos y la 'venganza' de Podemos.


Empezar un artículo compartiendo la escena final de la famosa película de Clint Eastwood y defender su monólogo rebosante de odio como único faro moral válido en estos tiempos de urgencia son síntomas claros de una flipadez importante. A pesar de ello, lo hago, lo defiendo y lo mantengo.


“Ciudadanos quiere justicia y Podemos quiere venganza”. Durante los últimos meses, en el tiempo transcurrido entre que la opción de que Ciudadanos se transformase en el Podemos de la derecha pasase de ser una posibilidad bastante remota a una realidad cada vez más amenazante, Albert Rivera repitió este eslogan en todos los medios en los que le dejaron. Imagino que porque “Ciudadanos: el cambio para que todo siga igual”, mucho más certero en la descripción del partido y sus intereses, no resultaba igual de rentable en términos electorales.

Hay dos circunstancias de la naturaleza humana de las que Ciudadanos saca especial partido:

1. A los humanos nos gusta engañarnos a nosotros mismos. Cuando alguien es capaz de desarrollar un producto de la naturaleza de la nata desnatada, colocarlo en las estanterías de los supermercados y  que la gente lo compre sin vergüenza, no es de extrañar que a la hora de hacer unas elecciones, haya quien se plantee que un Podemos despodemizado (“Todo la novedad de Podemos, pero sin tíos con coleta, con pijas buenorras fritas a rayos UVA y sin medidas que asusten a los mercados”) pueda tener el éxito que efectivamente está teniendo.

Y esto es así porque, en el momento en que dejamos de ser homo sapiens para convertirnos en homo consumus (alarma de sociología barata a punto de dispararse, sí), es mucho más fácil que nos cuelen un producto por su aparente atractivo, aun cuando no satisfaga ninguno de nuestros intereses. Me explico: si quieres comer nata por su sabor y su textura, come nata; si no puede hacerlo por su exceso de calorías, búscate una receta más adecuada a tus necesidades. Pero la nada desnatada, no nos dará el rico el resultado que encontraríamos en la original, y sí el montonazo de calorías que en principio queremos evitar. Queremos comer nata y no engordar, y todo no se puede ser. Y esto es así porque…

2. A los humanos nos cuesta reconocer nuestras bajas pasiones. Decir que quieres justicia es algo socialmente aceptado. Pero es que igual resulta que queremos venganza. Y no, no tiene nada malo.

Podríamos ahora adentrarnos en una larga disertación sobre dónde colocar la fina línea que separa a la justicia de la venganza. Personalmente, llegados a cierto punto, creo que son difícilmente distinguibles. Especialmente, cuando venimos de décadas en las que el falso argumentario que distinguía entre ambas invitaba siempre a los mismos a ceder en sus posturas y aproximarse a las de los otros. Así se hizo con el fin del franquismo, así se hizo con la refundación en falso del capitalismo, y en ambas ocasiones, aquellos que hacían propósito de enmienda cuando se veían entre la espada y la pared, nos la volvieron a clavar.

A la hora de examinar la justicia propuesta por Ciudanos, partido que insiste en el infantil argumento de ser “un partido de la gente”, conviene hacerse una pregunta bien sencilla y que pocas veces falla: ¿A quién beneficia?

A Ciudadanos lo apoyan Isabel San Sebastián, Pedro J. Ramírez, Hermann Tertsch, Eduardo Inda y Alfonso Rojo; la patronal FEDEA, fundada por el Bando de España y presidida por el director del Banco Sabadell y que integra a las principales cabezas del IBEX 35 (Abertis, BBVA, Banco Sabadell, Banco de España, La Caixa, Iberdrola, Bolsa de Madrid, Fundación Ramón Areces, BANKIA, Banco Santander, Repsol, Corporación Financiera Alba, S.A., Telefónica y Fundación ACS). También los apoya el Banco Popular, con cuyo crédito financiaron su campaña en Andalucía y medios como El Mundo y Libertad Digital. Ah, y también varios tertulianos de Jugones. Me cuesta ver cómo mis intereses van a coincidir con ninguna de estas personas. Especialmente con los últimos.

La justicia que propone Ciudadanos vuelve a parecerse demasiado a un acuerdo extrajudicial en el que el agresor es el beneficiado y puede seguir haciendo de las suyas mientras que el agredido celebra las migajas: neoliberalismo económico, deterioro de las condiciones laborales en beneficio de las grandes empresas, sometimiento a los mercados, ultranacionalismo español y xenofobia.

No soy un gran fan de Podemos en general (salvo algunas excepciones), ni de Pablo Iglesias en particular. En repetidas ocasiones he manifestado mi intención de votar por Alberto Garzón, cuyo ideario y claridad comparto frente a las muchas ambigüedades y medias verdades del partido de los círculos.

Ahora bien, entre el cambio y el recambio, la venganza de Podemos o la justicia de Ciudadanos, no tengo duda. Me quedo con la primera. Ser misericordioso con aquellos que se mostraron despiadados con nosotros es un lujo que ni puedo ni me quiero permitir.

martes, 24 de marzo de 2015

Florentino Pérez, patrón de los españoles.


Tú no lo sabes, pero Florentino Pérez es tu jefe. Esto es así no solo porque Florentino, como empresario español más influyente de los últimos años, sea el jefe de todos nosotros, sino también porque todos los demás jefes españoles (no aquellos a los que reportamos, sino los que en verdad están al mando) son, en mayor o menor medida, Florentino.

Asumido que tu auténtico jefe es quien es, te quedan dos opciones: ser Butragueño y proclamar sin ningún tipo de pudor su condición de “ser superior”; o ser Camacho y hacer el trabajo para el que se te ha contratado, aunque suponga poner en evidencia su falibilidad.

Si se opta por la primera de las opciones, realizando unas declaraciones en las que resulta difícil determinar dónde termina la ingenuidad y dónde empieza la sumisión, lo normal sería haber quedado socialmente inhabilitado para desempeñar cualquier cargo de responsabilidad en ninguna empresa seria (menos aún para ser su portavoz, especialmente cuando el Señor no te ha llamado por el camino de la oratoria). Sin embargo, fue el segundo el que tuvo que emigrar a China para seguir trabajando.

Cabría esperar que un mandatario al que la sociedad tiene en tan alta estima valorase más el criterio profesional de la persona sobre la que ha delegado responsabilidades esenciales en su empresa (aun cuando sea un criterio distinto al suyo), que la adulación servil de aquellos a los que solo les interesa seguir en nómina. Cabría esperarlo de un mandatario cuerdo, pero Florentino Pérez está loco.

Si esa afirmación la hago yo, se puede decir que estoy meando fuera del tiesto, pero si quien la hace es Albert Einstein, igual hay que darle algo de crédito. “Locura es hacer lo mismo una vez tras otra y esperar resultados diferentes”, dijo el científico, en una frase que describe tan bien al votante español como al presidente madridista.

Florentino Pérez ya dimitió una vez del Madrid después de despreciar al entrenador que le hizo campeón y de haber fichado a numerosas estrellas que solo podían jugar en el último cuarto del campo (no sin antes achacar su renuncia a la actitud de sus jugadores, a los que había consentido demasiado, famoso como es él por su infinita generosidad). Sin embargo, el recuerdo de aquel fracaso no ha impedido que repita la misma táctica en su segunda etapa al frente del equipo.

Con el innato desdén que en España sienten los señoritos hacia quien está a pie de obra (“no me van a decir a mí lo que tengo que hacer un señor de Salamanca y un campesino parmesano por muchas Copas de Europa que sumen entre los dos”), Florentino me recuerda a un rey absolutista al que el contacto con los cortesanos y sus propios delirios de grandeza le han hecho perder el contacto con la realidad. Así, el distinguido monarca no sale de su asombro ante el vulgar menú que Carlo Ancelotti le presenta a diario: arroz con conejo. Todos los días y sin excepción, en lugar de su ansiado arroz con bogavante.

Él quiere deslumbrar, quiere jugar al toque y no a la contra, y para ello no repara en gastos. Todas las mañanas, sin excepción, se calza las botas, coge su escopeta, sale al campo y caza un par de bogavantes peludos y de largas orejas recién salidos de sus madrigueras. Y aún con esos ingredientes, el cocinero parece incapaz de ofrecerle nada que no sea un vulgar arroz con conejo.

Bale, disfrazado de bogavante, seduce a Florentino. 

Cuando, por algún milagro bioquímico, llega el día en que Ancelotti consigue hacer un arroz con conejo con la textura, apariencia y sabor del arroz con bogavante, Florentino se atribuye el mérito, sin dejar de hacerse cruces por las muchas veces en las que la torpeza del cocinero malogró el plato.

Esta actitud me recuerda a las primeras palabras que el nuevo jefe de un amigo dedicó a la plantilla en su presentación: “a partir de hoy todo lo malo que pase será vuestra responsabilidad y todo lo bueno, mérito mío” (aunque tal cinismo al hablar recuerda más a un Mourinho, imprescindible secuaz en el que el señorito delega el trabajo sucio para conservar su aire señorial).

Efectivamente, tomar decisiones de más de nueve cifras ha de provocar un vértigo tremendo, y la mejor actitud a la hora de afrontarlas es la del antiguo jefe de mi amigo: si sale bien, yo gano; si sale mal, pagáis todos. Esa es la máxima por la que se guía Florentino, que puede hacer todas las piruetas que le vengan en gana con la tranquilidad de disponer de una red que sujetamos entre todos. Así sucedió con la indemnización de 1.350 millones dadapor el Gobierno a ACS por el fracaso del proyecto Castor (y que convierten en una broma los 22 millones de euros de más que el ayuntamiento de Madrid pagó alclub por unos terrenos).

Pérez hace sus negocios, pone y dispone con la tranquilidad que da jugar con las cartas marcadas y saber que la Historia la escriben los vencedores. Pero ese poder absoluto no impide que Florentino sufra lo indecible cada vez que recibe una crítica.

Muchos medios son del Madrid, pero no todos”, se lamentaba amargamente y sin ruborizarse lo más mínimo en una rueda de prensa hace un par de semanas, presentando tal obviedad como quien expone una injusticia racionalmente inconcebible. “¿Cómo puede haber medios que no sean del Madrid, SI SOY VUESTRO JEFE?”, parecía pensar.

El presidente blanco no tiene bastante con que la mayoría de medios generalistas se cuiden muchísimo de mencionar irregularidad o inmoralidad alguna en los negocios de la constructora ACS, sino que cualquier voz disconforme con su gestión del Madrid o que señale su instrumentalización en beneficio de sus propios intereses es señalada como un ataque desestabilizadora manos de locos disidentes.

Florentino no entiende por qué el Banco Santander puedecomprar la potada de los siete diarios nacionales de mayor tirada, y él no puede hacer lo mismo. Si acaso con ACS, pero no con el Madrid, porque los españoles, combativos como somos, no permitiríamos que ningún diario nos diga a qué equipo debemos apoyar.

Y esa es la tragedia de Florentino, que es nuestro jefe, pero no se le puede notar. Salvo en algún lapsus.

jueves, 12 de marzo de 2015

Las vidas inventadas.


Un verano al volver de las vacaciones, en esos primeros días de clase en los que el recreo se convierte en una competición por ver quién se ha divertido más, decidiste inventarte que habías perdido la virginidad. Tenías dieciséis años y muchos de tus amigos ya habían pasado por ese rito iniciático que en tu caso parecía no llegar nunca y que empezaba a pesarte como una losa.

Tu breve temporada en los alevines del Atlético de Madrid, tu tío el astronauta, la vez en que compartiste vagón con Alejandro Sanz en el metro o esa chica de tu pueblo con la que te besabas los veranos... No era la primera vez que te inventabas alguna historia, no.
Pero racionalizaste tu arrebato creativo decidiendo que, más que una mentira, era un adelanto de la verdad. Al fin y al cabo, era algo que tarde o temprano tendría que suceder y a nadie hacías daño anticipando su relato.

Soltaste la primicia a tu mejor amigo como sin darle importancia, mientras apretujabas el papel de plata que había envuelto tu bocadillo de tortilla, con la indiferencia impostada de quien ya está suficientemente experimentado en el sexo como para relativizar su importancia.

Los detalles, vagos de inicio, fueron en aumento de manera tan natural como calculada: ¿Quién? Alba te pareció un nombre suficientemente sencillo como para no olvidarlo en las sucesivas ocasiones en que relatarías la historia, y no tan común como para estar carente de encanto. ¿Cuándo? A principios de agosto. Alba había venido de vacaciones a tu pueblo invitada por una conocida tuya que también veraneaba allí. ¿Dónde? En un campo cerca del río al que os escapasteis en la noche de las fiestas. ¿Cómo? La prudencia invitaría a no abundar en detalles en este sentido, que era donde más traspiés podías tener, pero poco o nada sabías tú por aquel entonces de ‘excusatio non petita, accusatio manifesta’ y terminaste por lanzarte al barro relatando como Alba te pidió que acabases en su boca instantes antes de ser pillados por la chica con la que solías besarte en los veranos anteriores, lo que derivó en una discusión de celos tan cómica como erótica.

Pensabas que los detalles eran los que dan veracidad y cuerpo a una mentira, cuando en realidad son todo lo contrario: los pasos en falso que terminan por desenmascararte. A pesar de ello, la historia te acompañó durante varios años y, si cometiste algún desliz, lo disimulaste con suficiente agilidad como para que nadie lo notase (eso, o quien sospechase tuvo el reparo de no bucear en tus lagunas).

El tiempo pasa, cambiamos de grupos de amigos y se buscan nuevos mitos y leyendas individuales sobre los que construir la identidad colectiva. Así, tu verdadera primera vez pasó a ser tu primera vez, una historia sin Alba, ni río, ni discusiones con semen en la boca; con su propio encanto y que, en realidad, recuerdas peor que la inventada.

Volviste a pensar en ello hace unos días, cuando el caso de la actriz Anna Allen, con su falso paso por los Oscars y su carrera ficticia. Llegaste a varias conclusiones:

1. Gracias a Dios que en tu juventud no existían redes sociales: la tentación megalómana de compartir tu invención a gran escala puede ser tan grande como complicado el que pase la prueba del algodón de la exposición pública.

2. Limita tu invención a las disciplinas para las que tengas talento: si eres bueno relatando, pero no con las imágenes, relata; si eres hábil con el photoshop, pero no con las palabras, edita. Si no eres especialmente hábil con nada, contrata a un gabinete de comunicación.

3. Simpatía absoluta por mentirosos y fabuladores, no confías en aquellos que siempre dicen la verdad y tu mayor ídolo en la Tierra es aquel que inventó y extendió el rumor de Ricky Martin, el armario, la niña y la mermelada en la era preinternet.

4. Miente, pero nunca te creas tus propias mentiras. Es el punto de no retorno.

5. Aquellos incapaces de imaginar una vida mejor, no merecen una vida mejor de la que tienen.

miércoles, 21 de enero de 2015

Por sus gustos los conoceréis: Profundo análisis de nuestros políticos desde la más absoluta superficialidad.


Nada más lejos de mi intención que caer en el trillado cliché que insiste en que “todos los políticos son iguales”, sencillamente, porque no creo que sea verdad. Sin embargo, sí que es cierto que, entrados en la campaña electoral, unos políticos y otros resultan muy difíciles de distinguir entre sí. Más que nada, porque a la hora del cortejo todos los humanos nos comportamos más o menos igual y acabamos siendo lo mismo: un compendio de buenas intenciones que responden al ya clásico “prometer hasta meter y, después de haber metido, olvidar lo prometido”, que Pablo Iglesias recientemente actualizó con su “follar se folla desnudo, pero ligar se hace vestido”.

Y el problema precisamente es ese: que votar, al igual que ligar, se hace vestido; pero al llegar a casa y quitarnos la ropa, muchas veces nos encontramos con que el menú no era el esperado. Solo así se entiende que Rajoy y el Partido Popular pudieran sacar una mayoría absoluta tan aplastante en un país azotado por la crisis y plagado de parados como era la España de 2011. Porque ligó vestido.

Prometió que no dedicaría un euro de gasto público a rescatar a los bancos, que crearía empleo, que no subiría el IVA, que no haría recortes… Todo eso lo dijo con traje y corbata. Pero más tarde se quitó la ropa y nos folló a todos.

Si Rajoy fuese el único en cuya palabra no se puede confiar, tampoco pasaría nada, porque ¿qué se puede esperar de la extrema derecha? Pero en este año de campaña electoral non stop que nos espera él no es el único que se está poniendo guapo para llevarnos al huerto. También lo hace la derecha moderada del PSOE en la que Pedro Sánchez niega y otra vez cualquier posibilidad de gran coalición (no, no, qué va) o Podemos con su absurda insistencia en que no son un partido ni de izquierdas ni de derechas (pues muy bien).

Llegados a este punto, si la campaña electoral es poco más que una fiesta de solteros en la que todos nos van a decir exactamente aquello que esperamos escuchar, ¿qué criterio puedo utilizar para elegir a mi candidato y no equivocarme? Pues exactamente el que usarías en una fiesta de solteros: la superficialidad más absoluta.

Ninguno nos vamos a casa con nadie después de coincidir en una fiesta porque nos diga que va a ser muy buena con nosotros, sino porque nos atraiga gracias a su aspecto físico y a una serie de intereses compartidos totalmente banales. Y en eso es en lo que debemos fijarnos en nuestros políticos para conocerlos de verdad.

Mariano Rajoy:


De Rajoy sabemos que es un señor de provincias al que le gusta fumar puros y leer el Marca. Es más, nunca una persona pudo ser definida en su totalidad de manera más adecuada con menos palabras. Insisto: Rajoy es un señor de provincias al que le gusta fumar puros y leer el Marca. Eso y nada más que eso.

¿Inquietudes culturales? Diría que se le desconocen, que Rajoy es esa típica persona anodina que nos parece casi irreal que no tiene canciones favoritas porque apenas le gusta la música y que, si no fuera por el estreno de Ocho apellidos vascos, la última vez que fue al cine fue en el 86.

Sin embargo, hace unos años subió a la web del PP algunos de sus gustos para mostrarse más cercano a los ciudadanos (sí, esa es su idea de cercanía). Como canciones favoritas indicó: Every breath you take, de Police; With a little help from my friends, de los Beatles; y La chica de ayer, de Nacha Pop. Y, aun gustándome mucho las tres canciones (bueno, la de Police no tanto), he de decir que: GUSTOS MÁS CUÑADOS NO EXISTEN. ¿Y que es un cuñado por definición si no un señor de provincias al que le gusta fumar puros y leer el Marca?

Pero donde Rajoy se revela como un cuñado nivel Champions League es con sus películas favoritas. Nada más y nada menos que Tesis, de Amenábar; Regreso al futuro, de Zemeckis; y El abuelo, de Garci. Llámalo eclecticismo, llámalo que tiene la misma personalidad y criterio que el ficus de la sala de estar, pero elección más random solo podría haberla hecho si hubiera respondido “la que sea que echen a las tres de la tarde en la uno, porque a mí después de comer me da igual so que arre y me voy a quedar dormido pongan lo que pongan”.

En cuanto a gustos seriéfilos poco o nada se sabe. Hay que entender que él pertenece a una generación anterior en la que la ficción televisiva no estaba tan bien considerada. Dicho esto, creo que nos arriesgamos muy poco si nos aventuramos a decir que se emocionó con Menudo es mi padre, rió con Hostal Royal Manzanres y vibró con Lleno, por favor.

Respecto a gustos literarios… ya no sé cómo deciros que a él le gusta leer el Marca.

Rajoy es ese tipo de hombre que tiene una Gía Marca en cada váter de su casa.

Sobre su aspecto físico, Rajoy se dejó barba por el mismo motivo por el que lo hacemos todos: para parecer más hombre. Y nunca una barba dotó de menor virilidad a su portador.


Tiene el mismo look desde hace lustros y podría llevar desde el 88 llevando el mismo traje. De hecho, él cree que lo hace, puesto que hace años que no compra ropa, labor que delega en sus asesores o en su señora, que le hacen creer que los calzoncillos nuevos aparecen por arte de magia en su mesilla.

En definitiva, la estética y gustos de Rajoy nos hablan de un pusilánime con ninguna inquietud vital distinta a dejar pasar el tiempo viendo competiciones deportivas mientras espera un infarto de miocardio; alguien que cederá a lo que sea que se espere de él, sea casarse con una mujer o presentarse a presidente del gobierno, pero que siempre preferiría estar en casa en pantuflas viendo Teleporte.

Pedro Sánchez:

Si tu mirada se cruza con la de Pedro Sánchez, date por embarazada.

Pedro Sánchez es tonto. Lamento el spoiler. Sé que igual debería haber dejado la conclusión para el final. Pero tío más tonto que él no se ve en España desde hace tiempo. Y, de hecho, es por eso que está donde está: para sublimar la expresión tonto útil hasta sus últimas consecuencias.

Y para aquellos que dudéis de si exagero con su tontuna, aquí tenéis varias joyas en forma de tuits de Pedro Sánchez haciéndose el coleguita:

Efectivamente, Sánchez está convencido de ser un tío guay. Es el profesor enrollado, el capitán del equipo de baloncesto, el guaperas de la fiesta. Te hace sentir especial por el mero hecho de estar hablando contigo… pero a los dos minutos te das cuenta de que no solo nunca podrás gustarle tanto como él se gusta a sí mismo, sino que, además, no tiene nada mínimamente interesante que decir.

Puede que tengáis algún gusto en común (él señala a Los Planetas, La Habitación Roja y Björk entre sus grupos favoritos), pero en secreto fantasea con cómo hubiera sido la portada de su CD si al final se hubiera animado a presentarse a Operación Triunfo.


Entre sus principales aficiones se encuentra la práctica de deporte, aunque siempre que puede encuentra tiempo para acercarse a un grupo de jubiladas a que le digan lo guapo que es.


Porque él es, además de guay, es, por encima de todas las cosas, el yerno perfecto. Y como tal se viste.

En su infinito afán por molar, ha llegado a oficiar bodas de sus amigos, en las que suele terminar leyendo un poema (un fucker como él siempre lleva a Neruda en el bolsillo listo para disparar).

Pablo Iglesias:


Que  Pablemos es un  drama a nivel estético lo sabe hasta su madre. Pero, para aquellos que dudéis de la importancia que nuestro aspecto tiene en la visión que los demás se forman de nosotros, solo tenéis que mirar la siguiente foto:


¿Puede quedar alguna duda de que un tío con este aspecto es un corrupto? No existe traslación estética más adecuada de la condición corrupta que el look de El Bigotes. De hecho, después de presentarse al juicio con semejante aspecto, cualquier conclusión sobre su culpabilidad a la que llegase el juez sería redundante. “Es usted culpable.” “¿Por qué?” “Mírese a un espejo.”

Pues bien, Pablo Iglesias sabe todo esto, porque podrá ser muchas cosas, pero no es alguien que no estudie y se prepare bien todo lo que hace y dice. Él sabe perfectamente que nuestra imagen es un lenguaje; uno fundamental, puesto que desde él se articula la impresión primaria que damos a los demás. Y con ello juega.

Así, su imagen es la de ese tío que va a la fiesta de solteros sin arreglar porque es tan profundo e interesante que no necesita hacerlo. “Me muestro ante vosotros tal cual soy”, parece querer decirnos con su aspecto informal. De hecho, cuanto menos intenta arreglarse, casi mejor, porque en la vida he visto un tío con más problemas para encontrar una camisa que le siente bien.

Llegamos así a su famosa declaración de que se compra la ropa en Alcampo, con la cual se pasó de frenada. Porque, en primer lugar, si es verdad, simplemente le convierte en un cutre. Y, en segundo lugar, porque si no lo es y lo dijo para empatizar con la población nombrando unos grandes almacenes populares que no fueran propiedad de Amancio Ortega, es un cretino, puesto que la gente humilde no se identifica o deja de identificar con nadie porque compre la ropa en Alcampo, Zara, Lefties o el mercadillo.

Respecto a sus gustos musicales, le gustan Los Chikos del Maíz, Habeas Corpus, Carlos Cano, Joaquín Sabina y Aretha Franklin; inclinaciones que se podían resumir bajo el epígrafe eclecticismo de mierda, no solo porque le gusten cosas de cualquier género sin orden ni concierto, sino porque (salvando a Aretha) le gusta casi lo peor de cada casa.

No consigo encontrar en Internet referencias sobre sus intereses literarios, aunque sí recuerdo algunas declaraciones en las que hablaba de su gusto por el boom latinoamericano (el de Don Omar y Pitbull no, el otro). García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar, etc., intereses que comprendo y comparto, pero que me hacen temer por un futuro de sociademocracia whiskyprogre en el que no tardemos en verle de la mano de Cebrián.

Le gustan las series Dexter, The Wire y Juego de Tronos (cuesta poco imaginarle vestido de la Khaleesi en la intimidad), lo que no dejan de ser gustos flipado, sin que ello tenga nada de malo. Los flipados son necesarios en la sociedad porque ellos son los que se animan a intentar cambiar un mundo repleto de cínicos depresivos como yo.

Afirma que una de las cosas que más echa de menos  desde su condición de figura pública es practicar deporte, cuya ausencia la nota en un peor estado físico. Imagino que su novia Tania Sánchez también lo echa de menos, porque desnudo me lo imagino con el mismo aspecto que el señor Burns.



En resumen, Pablo Iglesias es el progre pseudocultureta de la fiesta de solteros. Con él corres el riesgo de que a la mínima te deje con la palabra en la boca para irse a hablar con el Papa o la reina Letizia, porque a él le flipa codearse con estas figuras buenrrollistas del establishment; pero, sin duda, me iría con él mucho antes que con Rajoy o Sánchez, porque los otros ya sabes qué clase de basura son y con Iglesias, aunque no auguro un final feliz, igual hasta te llevas un buen meneo.

Alberto Garzón:


No voy a ocultar que Alberto Garzón me gusta mucho. De él sabemos que es leal, porque que alguien con su proyección política haya permanecido en Izquierda Unida con el Cristo que día sí y día también tienen montado en el partido tiene mérito; que no se limita con decir a la gente que no la toma por tonta, sino que realmente no lo hace al no claudicar a rebajar la complejidad de su discurso; y que no solo no disimula que es de izquierdas, sino que se enorgullece de ello.

Pero no todo podía ser bueno, y tiene unos gustos musicales de mierda: Platero y Tú, Marea, Doctor Deseo, Boikot… Grupos idóneos para el fan tipo del Viñarock que en el fondo es y que no tendrían por qué estar tan mal, pero que empeora cuando da el salto internacional a Muse, Placebo o Linkin Park.

De series dice que le gusta la ya clásica Juego de Tronos y de películas, salvo La vida de Brian, nada encuentro, pero algo me dice que si le llevas a ver un blockbuster de superhéroes te retira la palabra.

No viste mal, pero sí como el joven envejecido prematuramente que lleva siendo desde los doce. Ni es tan guapo como para ser guapo, ni tan feo como para ser feo; y, según me dicen, en los actos de partido las chicas se lo rifan.

Alberto Garzón es, en definitiva, esa chica que tu amiga no para de insistirte en que es perfecta para ti y de la que pasas fiesta tras fiesta para fijarte en alguna tetona hueca. Haz lo que quieras, pero yo que tú le pediría el teléfono.

Rosa Díez:

Rosa Díez con el peinado de follar.

Rosa Díez es esa madurita que empieza a temer que su tiempo haya pasado, sin sospechar que su tiempo nunca llegó en realidad.

Rosa Díez vestirá como se tenga que vestir para ganar un voto.

Rosa Díez se teñirá el pelo del color que sea para aparecer un minuto en televisión.

Rosa Díez verá películas turcas por un instante en el poder.

Rosa Díez escuchará los discos de moda y no entenderá nada.

Rosa Díez sacrificará un bebé foca, edificará en un cementerio indio y participará en Humor Amarillo sin con ello se garantiza un ministerio.

Una semana después de la fiesta ella organizará otra en Sol a la que no irá nadie.

Albert Rivera:


Albert Rivera es el guaperas que llega tarde a la fiesta trastocando el equilibrio y provocando un nuevo baile de parejas.

Por un lado, no me cae tan mal como a muchos de mis otros amigos de izquierdas, porque se le ve relativamente sensato y honrado; pero ni mucho menos me llega a gustar como sí le pasa a mis amigos neutrales, más que nada porque lleva establishment tatuado a fuego en la mirada. De hecho, mi impresión es que poco a poco se irá convirtiendo en el plan B de los poderes fácticos cuando estos se den cuenta de que Pedro Sánchez es demasiado tonto hasta para ser un tonto útil, con lo que le pronosticó un apoyo masivo e indisimulado de los medios institucionales de aquí a las elecciones.

Albert Rivera es guapo, es joven, viste bien y le quedan dos fines de semana con pelo. En ese sentido, es casi perfecto, si obviamos su pasado flirteo con la extrema derecha, cuestión a la que los medios dedicarán aproximadamente una décima parte del tiempo que dedican a las simpatías bolivarianas de Podemos. Porque ya sabemos que los deslices con la extrema derecha son pecadillos de juventud y los de extrema izquierda, una letra escarlata que acarrear por los siglos de los siglos.

Sobre sus gustos y aficiones, ayer concedió una entrevista a El Hormiguero en la que supongo que me podría documentar bastante bien al respecto, pero este es un blog personal del que no saco beneficio económico y me niego a ver el programa de Pablo Motos gratis. Incluso aunque me pagasen, no hay dinero en el mundo que me haga querer ver El Hormiguero.

Sí que he de añadir que, en una campaña de su partido, se desnudó para hacer los carteles; anécdota que recuerda como la mayor locura de su vida junto a otra ocasión en la que se bañó, también desnudo, con unos amigos en Torremolinos y un pico que se dio borracho con un amigo en Nochevieja.

En definitiva, Albert Rivera puede parecer un partidazo, pero te va a engañar y lo sabes.

domingo, 11 de enero de 2015

Agua pasada. Pintura rupestre. Cicatriz.

Hace unas semanas me encontré con la siguiente foto en internet y me fascinó:


Agua pasada.


Para aquellos que no sepáis inglés, se trata de una captura correspondiente al hilo de comentarios de alguna página, imagino que a Youtube. Un chico comenta, a propósito de la canción compartida: “me hicieron mi primera mamada mientras sonaba esta canción”; a lo que alguien responde “hice mi primera mamada mientras sonaba esta canción… JOHN?”.

“Wow. Vaya… esto es incómodo. Así que… cómo te va, Alice?”, responde el chico, a lo que la posible Alice contesta: “Más de lo mismo… chupándosela a tíos mientras suenan canciones… tengo un hijo ahora”.

Si la historia es verdad, me parece el mejor comienzo posible que hoy en día se puede escribir para una comedia romántica, aunque también es muy probable que pueda ser un fake, o que simplemente dos desconocidos se hayan seguido el juego (GENIOS, si es así). En cualquier caso, me produjo, al mismo tiempo, una gracia y ternura enormes, y a la vez me hizo pensar en un par de cosas.

Pintura rupestre.


Por un lado, resulta curioso pensar cómo los que creemos los momentos trascendentales de nuestra vida en realidad los compartimos con absolutos desconocidos. Esta hipótesis podría resultar ventajista si os dijese que pensaseis en qué sabéis a día de hoy de aquella persona con la que os disteis el primer beso, de aquella con la que perdisteis la virginidad o que se convirtió en vuestro primer novio o novia. En muchos casos, incluso vuestros mejores amigos, aquellos de los que parecíais inseparables, con los que jugasteis al fútbol por primera vez, visteis las primeras pelis porno, compartisteis el primer viaje al extranjero, os bebisteis las primeras cervezas y fumasteis vuestros primeros porros, hoy se han convertido en extraños con los que apenas tenéis nada en común, a los que llamáis por teléfono una vez al mes para preguntaros “¿qué tal todo?” para responder “bien” con independencia de lo poco o nada que ese adverbio se adecúe a vuestro momento vital. Una vez al año (dos o tres, si hay alguna boda de por medio) os reunís, y antes de que llegue el segundo ya estáis rememorando anécdotas para no morir de sopor.

Pero, como digo, mi propuesta de que los ritos iniciáticos de nuestra vida los compartimos con desconocidos resulta bastante obvia si la reducimos a la infancia, puesto que está claro que todos crecemos y evolucionamos bastante desde entonces. Pero es algo que no se circunscribe solo a la niñez. También en la vida adulta, amistades inquebrantables se rompen (o, simplemente, se distancian) provocando que aquellas personas con las que compartisteis todos y cada uno de los fines de semana de tu vida desde los veinte hasta los treinta pase a ser poco más que un recuerdo borroso de una persona que ya no existe.

Desde luego, que esta misma situación también se repite continuamente en el ámbito laboral. Si bien es posible que con nuestros compañeros de trabajo apenas compartamos ningún momento trascendental de nuestra existencia, también es cierto que son las personas con las que más tiempo pasamos, muy por encima de nuestros padres, parejas, hijos o demás seres queridos (sé que resulta jodido pensarlo, pero es ASÍ). Luego hay grados y grados, porque hay trabajos que requieren una interacción directa con el compañero mucho mayor que otros. No es lo mismo ser el informático o la recepcionista de una empresa, que trabajar en una tienda pequeña, como es mi caso, en la que la mayor parte del día la pasas con una persona a la que si mañana cambiase de trabajo es muy posible que jamás vuelvas a ver.

Y en lo relativo al amor, todos conoceréis casos de parejas que después de muchos años de relación rompen y no vuelven a saber nada el uno del otro (me refiero a relaciones ya en la adultez, no al típico noviazgo de instituto). Puede que aquella persona con la que tuviste hijos (y es difícil convenir un momento más trascendental que ese) acabe siendo para ti alguien no más cercano que el panadero o el vecino del quinto. Puede, incluso, que tus propios hijos o tus propios padres acaben siendo los extraños.

Todo esto me llevó también a pensar en la excesiva importancia que en ocasiones le damos a las primeras veces, cuando las realmente trascendentales son las últimas. Poco peso tendrá en tu vida la primera persona a la que te follaste en comparación con la última a la que lo harás; los amigos con quienes te tomaste tus primeras copas en comparación con los que tomarás las últimas; las personas con las que primero compartiste tu vida adulta a aquellas con las que la terminarás.

Cicatriz.


Con frecuencia pienso en el amor en particular, y en las relaciones humanas en general, como una cicatriz. Me refiero a que la capacidad humana para recuperarse del dolor y seguir adelante me parece increíble. Los ejemplos que antes mencionaba deberían resultar descorazonadores por sí mismos, darnos ganas de hundirnos en la cama y no salir de ella nunca más, y a pesar de ello, cada día salimos a la calle en busca de nuevos amores y amistades que el tiempo terminará por borrar.

Esa capacidad de recuperación me parece, al mismo tiempo, infinitamente bella e infinitamente triste, porque subraya sobremanera que todos somos contingentes, que (casi) ninguna ausencia es tan terrible como para matar por sí misma. Es infinitamente bello e infinitamente triste que una madre pueda sobreponerse a la muerte de un hijo, que alguien pueda superar la muerte del ser amado.

El amor perdido termina por convertirse en agua pasada, en pintura rupestre. En una cicatriz donde solía haber una herida que, peor o mejor curada, ya no sangra; que, si acaso, molesta en las tardes de frío y en los cambios de tiempo, pero que, aun con menos ligereza que la que acostumbrábamos, no nos impide seguir adelante.

Yo por ti seré agua pasasa, yo ti por seré pintura rupestre.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

La naturaleza liante de la felicidad obligatoria.


De las costumbres y deberes sociales que la interacción humana nos impone, creo ninguno me molesta más que la obligación de ser feliz. Y no me cabe duda de que el incumplimiento de ningún otro será recibido con mayor escándalo y preocupación por nuestros semejantes.

Os invito a hacer la prueba y a que manifestéis en alguna reunión familiar o de amigos vuestro nulo interés en casaros o tener hijos, vuestra renuncia expresa y notarizada a la medicina occidental, vuestro deseo de afiliaros a ISIS (¿uno se afilia a ISIS? ¿cómo se entra en una organización terrorista? ¿habrá mucho papeleo? ¿tendrán permanencia?) o vuestra voluntad de pasar todo vuestro tiempo libre en orgías poliamorosas interraciales. Si acto seguido les informáis de que no sois felices, veréis cómo todo lo anterior pasa desapercibido y todo el mundo se escandalizará por vuestra infelicidad.

No me estoy refiriendo a que les comuniquéis que estáis deprimidos o estáis pasando una mala racha, ni tampoco al extremo de que estéis a punto de quitaros la vida; sino, simplemente, a que les expliquéis que, por lo general, no sois personas felices, lo aceptáis y vivís con ello. Ante semejante anuncio, el grupo se sentirá amenazado. Nadie entenderá nada. No es tanto que la sociedad te haya fallado a ti como que tú le hayas fallado a la sociedad. Eres un foco de contagio, un problema en potencia: “¿Por qué cojones esta persona occidental que tiene, más o menos, todo lo que una persona normal podría querer dice que no es feliz? ¿Qué está intentando decirnos? ¿Acaso hay algo que nosotros, que sí somos felices, no vemos? ¿Nos está llamando estúpidos?”

Y ese es el momento en que debéis rebajar la tensión diciendo que era broma, que simplemente vais a entrar en una secta sionista matriarcal (la única sociedad en la que el matriarcado da más miedo que el patriarcado es la sociedad judía; está comprobado, hay estudios).

Bien, pues sobre esto os iba a hablar hoy, sobre lo mucho que me molesta que en estas fechas un montón de extraños me deseen feliz entrada y salida de año (yo seré feliz cuando me dé la gana); sobre cómo, ahora que todos hacemos balance del 2014, me reafirmo en que, por lo general, hay gente que siempre cree que ha tenido un año bueno y gente que siempre cree que ha tenido un año malo, con independencia de lo que les haya ocurrido a cada uno; sobre cómo creo que los años se parecen mucho entre sí y que no hay ninguno especialmente bueno (quizás cuando conoces al amor de tu vida o nacen tus hijos), ni especialmente malo (salvo cuando te encuentran un cáncer terminal, te desahucian o algo así).

Este era mi tema para la Nochevieja, sí. Manuel Rodríguez, bringing la bajona a las celebraciones colectivas since 1984.

I killed the party again, I ruined for my friends.

Pero entonces me he encontrado esta maravillosa noticia en la que se nos informa de que Lucía Extrebarría va a empezar una carrera como Dj debido a sus problemas económicos (cuando uno es escritor, buscarse un plan de seguridad económica en el que eres pinchadiscos me parece un plan regular, pero ella sabrá lo que hace con su vida): http://www.elcorreo.com/bizkaia/gente-estilo/201412/30/lucia-etxebarria-hace-problemas-20141229202517.html

La noticia lleva circulando un par de días, ha sido compartida por mucha gente, pero pocos han prestado atención a la verdadera estrella de la misma, eclipsado por Etxebarría, que es el redactor o redactora que decidió empezar un párrafo de la siguiente manera: "De naturaleza liante, Lucía ha estado en el corazón de la polémica en repetidas ocasiones."

Bravo. Esto me ha alegrado el día. A partir de ahora pienso utilizar “de naturaleza liante” para absolutamente todo:

“De naturaleza liante, Esperanza Aguirre se ofrece como candidata a la alcaldía de Madrid”.

“De naturaleza liante, mi gata se ha hecho caca fuera de las arenas”.

“De naturaleza liante, el cordero me ha dado ardor”.

“De naturaleza liante, Kim Jong-un ha bombardeado Massachusetts”.

“De naturaleza liante, me he acostado con tu novia”.


De naturaleza liante, 2014 se termina. Pasad 2015, con su naturaleza liante respectiva, felices o no, como os dé la gana.