miércoles, 12 de junio de 2013

Michael Douglas, cunnilingus y el papel film incident.

 
Me imagino que todos habréis leído o, cuanto menos, oído hablar de las declaraciones de Michael Douglas en las que culpaba a la práctica reiterada del cunnilingus de su cáncer de garganta (por cierto, que en los titulares solía aparecer en singular, "Michael Douglas culpa al cunnilingus", pero imagino que no culpa a un cunnilingus concreto, sino a la suma de varios). Como sabéis, estas palabras derivaron en una considerable polémica, que, por un lado entiendo a la perfección, y por otro me parece bastante excesiva.
Me parece excesiva porque, cuanto menos para mí, está claro que lo decía en tono de broma para quitar hierro a otros vicios peor vistos (tabaco, alcohol, fagocitación de bebés foca), y de paso dárselas de Don Juan.  Y también me parece excesiva porque, tal y como ha confirmado casi cualquier médico experto al que se haya consultado en los muchos artículos escritos al respecto, la posibilidad de que el virus del papiloma humano se transmita a través del sexo oral y derive en algún tipo de cáncer, no es en absoluto descabellada. Quiero decir, que tampoco es como si hubiera dicho que la culpa de su cáncer de garganta la tenga en calentamiento global, el derecho a voto de la mujer o la injusta cancelación de Bored to Death.

También he de decir que hasta ahora yo no pensaba que se pudiera saber a ciencia cierta el origen de un tumor. Creía que, si el cáncer de laringe de una persona que lleva fumando una cajetilla diaria durante treinta años o el cáncer de hígado de un alcohólico crónico se atribuían al tabaco o al gusto por empinar el codo, respectivamente, era por mera probabilidad estadística, pero que también pudiera ser que cualquiera de las dos enfermedades tuviese origen genético, o de algún otro tipo, y no había forma de saber si habrían aparecido igualmente si los pacientes hubiesen prescindido de sus vicios. Pensaba, entonces, que Michael Douglas se había aventurado a hacer un cálculo aproximado del número de cigarrillos, copas y coños consumidos al día, y que había concluido que estos últimos ganaban por goleada y que, por tanto, eran la causa más probable de su tumor.
Pero no. Por lo que leo en dichos artículos, resulta que al biopsiar un tumor se puede conocer qué lo ha originado. Por lo menos en los provocados por el virus del papiloma humano. E igual esto es algo que sabe todo el mundo, pero insisto en que yo no lo sabía. Y, al descubrirlo, pienso que si Douglas ha afirmado que ésa es la razón de su cáncer, será porque así se lo han hecho saber los médicos. Aunque igual no. Vaya usted a saber qué pasa por esta cabecita.
 
Pero en fin, pasemos a la parte de la polémica que sí que comprendo y partir de la cual me veo en la obligación de daros el #manuconsejo que impida que vuestra vida sexual acabe siendo tan segura como aburrida.

Entiendo perfectamente que haya a quien le moleste que en la cobertura mediática del asunto se haya puesto tanto énfasis en la palabra “cunnilingus” como sinónimo de enfermedad mortal, cuando tiene exactamente el mismo riesgo que una felación o que cualquier otra práctica que pueda implicar el contacto con un papiloma, desde el annilingus o los besos con lengua, hasta lamer un sobaco, si es que diese la casualidad de que hubiera un papiloma por allí.
Entiendo también que el camino que muchas chicas han tenido que recorrer hasta que el cunnilingus ha sido incluido como parte del menú básico en los encuentros sexuales esporádicos con chicos, no ha debido ser fácil precisamente. Es más, aunque carezco de datos en los que apoyarme, dudo que el número de veces que ellas practican sexo oral en primeros encuentros y el que lo hacemos nosotros esté siquiera cerca de la paridad. No es de extrañar, por tanto, que con el bombo dado a las declaraciones de Douglas, millones de mujeres se hayan visto aterradas pensando “Dios mío, va a ser imposible encontrar a un hombre dispuesto a comerme el coño sin llevar antes seis meses prometidos”.
Bien, pues ahora os hablo con la legitimidad que dan años con un nivel de hipocondría que asombrarían al mismísimo Woody Allen. Sí, nos dirigimos a un futuro donde a la mitad de la población humana adulta (la mitad que haya disfrutado de una vida sexual satisfactoria) le faltará la mandíbula, un trozo de lengua o hablará por un tubito en la tráquea. Y sí, es la mejor alternativa posible, porque las otras dos que se me ocurren son, o que dejemos de comernos los coños y las pollas, alternativa que me niego siquiera a barajar, o hacerlo con unas medidas de seguridad desmedidas, nivel aeropuerto norteamericano, como me tocó a mí hacer hace unos cuantos años por culpa de una loca que me ligué.
A continuación os lo relato, para que veáis a dónde podría llevarnos el sinsentido proteccionista.
 
Creo que era primavera del 2008, cuando una chica me entró en un bar de manera bastante obscena. Por lo general, los chicos heterosexuales no solemos ser abordados con estas intenciones de manera tan explícita, sobre todo los que no somos especialmente guapos (digáis lo que digáis las chicas, nos sigue tocando a nosotros dar el paso a la hora de ligar, salvo honrosas excepciones). Entre lo contento que estaba porque me hubieran entrado sin necesidad de hacer nada, que la chica era bastante mona y lo mucho que me gusta a mí que me digan cosas guarras al oído, sea en el idioma que sea, me tenía ganado. Empezamos a enrollarnos, y en seguida me dijo de ir a su casa, con la promesa de hacerme cosas ante las que palidecería al mismísimo Yong Li Ou.
Cuando por fin llegamos a su piso y, después de besarnos un rato más, se agachó frente a mí y me bajó los pantalones, me pidió, para mi sorpresa, que me pusiese un condón antes de chupármela.
No me entendáis mal, yo defiendo como el que más el uso del preservativo en las relaciones sexuales esporádicas, abiertas o con gente que no se conoce, no solo por el riesgo de embarazo, sino, evidentemente, también por las enfermedades (que por muy interesante que pueda ser la gente que se conozca en la clínica de venéreas, no compensa). Pero nunca se me había ocurrido usarlo también para el sexo oral, y nunca me lo habían pedido. Era la primera vez que me pasaba, y a día de hoy sigue siendo la única vez que me ha pasado.
No molesto, pero sí desconcertado, me aseguré de que no bromeaba. Y, efectivamente, no lo hacía. Me explicó, como colofón de un juicio moral tan completo como inesperado viniendo de una chica tan directa en el ligoteo y con un auténtico museo del juguete erótico en su cuarto, que no se iba a fiar de lo que pudiera tener un tío como yo, que se iba a casa con alguien que acababa de conocer en un bar.
Con el condón puesto, manteniéndonos aún en la dimensión oral y magreo del encuentro, y veinte minutos después de la mamada más anodina y absurda que nunca he tenido oportunidad de disfrutar, ella me pidió que se lo comiera.
-          ¿Pero quieres que lo haga a pelo?

-          Claro.

-          Es decir, que tú necesitas protección para chupármela y no te fías de mí, pero yo me tengo que fiar de ti y hacerlo a pelo.

-          Hombre, ¿es que yo qué me voy a poner?
Y para aquel momento mi confusión ya se había transformado casi enteramente en enfado.

Pero a la vez soy un hombre justo, y creo que lo apropiado es dar tanto como has recibido, de manera que me avine a corresponder a su estimulación oral, pero solo en las mismas condiciones que ella había utilizado conmigo. Su propuesta inicial fue la de abrir un condón por la mitad y ponérselo encima, pero, sinceramente, la idea de pasarme un buen rato lamiendo el látex, con su líquido lubricante incluido, no me atraía demasiado.

Notaba que ella empezaba a estar bastante irritada también y que sospechaba que no iba a cumplir mi parte del trato, cosa que en absoluto se me pasaba por la cabeza, y ya no solo por justicia, sino también por miedo, porque estaba en casa de una desconocida cuya salud mental no me daba demasiada seguridad, y no sabía cómo podía acabar la cosa.
Entonces se me ocurrió:
-          ¿Tienes papel film?
 
Fuimos a la cocina, cortó una tira, se la puse en el coño y estuve lamiendo plástico durante al menos media hora.

La posibilidad de contagiarse siquiera un salpullido era mínima, pero no tan baja como la posibilidad de disfrutar mínimamente de aquello. Yo, desde luego, no lo hice, y parecía que ella tampoco.
Por resolver la historia, os diré que a pesar de lo frustrantes que resultaron los preliminares, íbamos tan salidos que acabamos follando igualmente en uno de los polvos más extraños que he tenido en mi vida. Básicamente, porque no nos caíamos nada bien. Y, a pesar de ello, al terminar repetimos un par de veces más, ya prescindiendo por completo del sexo oral.
Pero lo importante, y nunca pensé que alguien tan neurótico como yo diría algo así, es que no podemos dejar que el miedo nos prive de los placeres de la vida. Y entre ellos, el sexo oral es uno de los principales.
Además, de algo hay que morir, y, como bien sabe Jon ‘Cunninlingus’ Snow, mejor de un cáncer de garganta que sorprendido por un ‘caminante blanco’.

2 comentarios:

  1. En parte es algo comprensible, tanto por asqueroso y porque no os conocíais. Pero si ella te entra sabe a lo que se expone.
    Pero si, de algo hay que morir.

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